viernes, 10 de mayo de 2013

Por mi nombre.



No fui consciente hasta aquel mismo momento de que mi nombre había corrido como la pólvora por los pasillos del congreso. Quizás era fácil destacar entre quinientos asistentes femeninos y apenas veinte masculinos o quizás era simplemente que muchos de los asistentes habían puesto sus ojos en mí por alguna extraña razón.

No  me había pasado en absoluto por alto que las dos personas con las que había tenido que compartir mesa durante el desayuno supiesen perfectamente mi lugar de trabajo, mi nombre y mi apellido sin yo conocerlas de nada, y que sus ojos y sus palabras hubiesen intentado convertirse en cuchillos mucho más puntiagudos que con el que yo intentaba esparcir la mantequilla sobre la tostada.

Por lo que quiera que fuese, se habían fijado en mí todas las miradas y los brunchs de pie, en los que yo pensaba que pasaba desapercibido intentando encontrar algo de proteína entre tan monotemático menú de hidratos de carbono. Parecía que se había convertido en un escaneado completo de mi persona moviéndose entre las mesas cargadas de comida y el resto de asistentes.

No fue hasta aquel momento en que, en la semioscuridad de aquellas escaleras, una persona se acercó a mí y, cogiéndome del brazo, me susurró al oído: “Te están vigilando”. Cuando me di cuenta de que aquello, más que una llamada de atención, era una advertencia. La luz azul que desprendían los neones incrustados en las escaleras me cegaron momentáneamente la visión y la cabeza. ¿A mí? ¿Por qué? ¿Para qué?

A apenas diez escalones del final de la escalera y con casi todos los invitados ya sentados en las mesas de la cena de clausura, cogí aire lentamente por la nariz y lo exhalé lentamente. Repetí la operación de nuevo envuelto en aquel aura azulado y con las miradas dispuestas hacia mí, emprendí el ascenso por los diez escalones.

Cuando llegué arriba todos me miraron y con una leve sonrisa hice un gesto con la cabeza. Con determinación, caminé hacia el sitio libre que había en mi mesa y, sin dejar de sonreír y mirando un segundo al resto de comensales, me disculpé y me senté.

La presidenta del congreso inició un largo discurso mientras las miradas de curiosidad iban y venían hacia mi persona. Yo no dejaba de sonreír.

Cinco horas después, cuando acabó el discurso, la cena y el baile, descubrí al abrir la puerta de mi habitación en el hotel, que mi nombre no había pasado desapercibido en aquel congreso para nadie. Al otro lado de la puerta, mi nombre y mi apellido sonaron en aquellos labios.  Fue lo único que él llegó a pronunciar antes de quitarse su camisa azul.

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miércoles, 8 de mayo de 2013

Cambio horario.



No soporto los cambios horarios, me trastornan. Supongo que el hecho de no soportarlos se debe a que soy muy impaciente y a que un cambio horario no deja de ser una completa paradoja para alguien a quien le gustaría tener la completa gestión del tiempo. Si fuese así, si pudiese mover el tiempo a mi antojo, podría robarte unos segundos de tu apretada agenda, volver hacia atrás para revivir aquella tarde o acelerar el tiempo hacia delante para saber - aunque ya lo sepa - lo que pasará.
Aquí, a pesar de los cambios horarios, el tiempo toma otra medida; una medida personal y única; una medida de la que me siento orgulloso. Aquí el tiempo no se mide en segundos, aquí el tiempo se mide en mis latidos.

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martes, 7 de mayo de 2013

Como si hubieran apagado de repente.




Como si hubieran apagado de repente
La luz de la vela que me iluminaba.
Como si la pequeña llama que me cegaba
Se hubiese consumido de forma urgente.

Como si la oscuridad, por accidente,
Hubiese teñido todo lo que me rodeaba.
Como si estirase las manos y la nada
Me envolviese de forma insolente.

En esta oscuridad llamo al hombre
Y el eco me responde con mi nombre.
Creí que éramos, del imán, el mismo polo.

Qué triste soledad, qué desamparo.
Ahora, que se apagó la luz del faro,
Descubrí que en verdad estamos solos.

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domingo, 5 de mayo de 2013

Nos conociamos muy poco.




Nos conocíamos muy poco, sólo nos habíamos dado cien besos, setenta caricias,  algunos achuchones. Mi cuerpo se había enredado alguna vez en su cuerpo, mis piernas habían jugado en alguna ocasión con sus piernas al twister. Su boca sabía como sabía mi boca, mi lengua sabía como sabía su piel. Mi nariz se había quedado impregnada sólo por un momento del olor de su nuca, mis manos sólo le habían recorrido una y otra vez. Mis dedos sólo habían buscado en cincuenta ocasiones sus dedos para entrelazarse. Nunca había oído más de un minuto sus respiraciones, nunca su corazón había latido más de diez veces por mí. 

Nos desconocíamos tanto que, en un par de ocasiones, incluso nuestros dientes habían chocado entre sí.

Me tumbé sobre él y puse mi cabeza en su pecho. Despeiné su cabello con mi mano otra vez. Le dije bajito: “Cuéntame algo”. Nos conocíamos tan poco que comenzó la historia al revés.

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La anciana.



Miguel maquilló con esmero a la anciana. Había pasado casi una hora arreglándole el cabello, poniéndole un rulo aquí y otro allá, para conseguir que su pelo tuviese los rizos en perfecto estado, cuando comenzó con el maquillaje. Comenzó aplicando una escasa base de maquillaje por toda la cara, cuello y parte del pecho. La anciana era demasiado pálida como para aplicarle demasiada base de color, pero dejarla sin ninguna hubiese sido de muy poco acierto. Miguel llevaba años haciendo esto, sabía perfectamente que su trabajo consistía en devolverle a los rostros esa belleza perdida hace años o quizás en tan solo unos segundos.

Retiró con unas pinzas algún pelo del entrecejo y del bigote. Tendría que haberlo hecho antes de aplicar la base de maquillaje, pero nunca había pensado que una mujer tan bien conservada como aquella y, porque no decirlo, tan bella,  pudiese tener algún díscolo pelo mal situado. Debió haber sido muy bella, pensó Miguel. Para su edad, se conservaba muy bien y se notaba que era de aquellas mujeres que no había trabajado en nada más que en cuidarse a sí misma. Quizás fuese la esposa de algún embajador o la viuda de algún rico noble o, quizás simplemente, había nacido en una familia adinerada .El caso es que, sólo por su cara, se le reconocía un nivel de vida que para Miguel destacaba por encima de todos los que había visto hasta entonces.

Comenzó con un ligero toque de azul claro en los párpados, remarcando en un negro azulado la línea de los ojos. “Algo discreto y elegante como tú”, pensó Miguel para sí. Aplicó unos toques de azul más oscuro sobre la parte exterior de los párpados para darle una menor amplitud al rostro y terminó aplicando un suave rosa carne sobre los labios. Con cariño recolocó uno de los rizos que durante el maquillaje se había movido y, cogiendo el bote de laca, lo intentó fijar de nuevo.

Se alejó de ella unos metros, admirando su pequeña obra de arte y, mirando hacía la repisa del fondo, se alejó en esa dirección para coger el espejo de mano  que, segundos después, colocó a una distancia prudencial frente a la cara de la anciana. Cualquiera que hubiese podido ver la escena hubiese pensado que aquél no era nada más que un gesto de mofa por parte de Miguel, pero los que le conocían sabían que era la culminación de su trabajo. Hecho eso, dejó el espejo en la estantería, recogió sus utensilios y apagó la luz.

En la oscuridad de la sala el rostro de la anciana continuaba igual de relajado y de bello. Una gota de sangre rodó desde su nariz a la fría mesa de metal estropeando el trabajo de Miguel. La anciana ni se movió.

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Escribir un soneto



Es fácil ponerse a escribir un soneto,
Para ello sólo hace falta tener argumento.
Si lo tienes verás que es un momento
Lo que tardas es llenar el primer cuarteto.

Superados los cuatro versos, el reto
Es continuar con la rima en aumento
E insuflarle la vida en ese aliento
Que separa lo inerte de lo completo.

Pon una letra, otra letra... Las palabras
Hay que dejar que poco a poco se abran
Entre las manos como si fuesen una rosa.

Nunca temas pincharte con la rima,
pues aunque como rosa tiene sus espinas,
Ya ves que escribir un soneto es poca cosa.

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jueves, 2 de mayo de 2013

Una oración para Capote



No me asustes, Capote, con tu mutis
Y déjame que culpe al cartero.
El rictus que transmite hoy mi cutis,
No consigue transmitirlo este sonajero.

¿Dónde quedó, Capote, ese útil
Vicio de cartearnos? Siendo sinceros,
¿Dónde quedó ese puedo y quiero?
¿Dónde esa promesa ahora inútil?

¿Quién volvió a tus letras tan morosas?
¿Quién agrió tus palabras golosas?
¿Quién nos dejó naufragar a la deriva?

Levántate, Ramón, como tu tupé
Y demuestra a todos que tu web
Es tan versátil que puede dejar de ser pasiva.

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