martes, 13 de agosto de 2013

¡Ya a la venta!



¡Ya a la venta, en libro, “Érase un hombre a una corbata roja atado”!
Por primera vez la historia se escribe en papel. 


Cómpralo online en:

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lunes, 12 de agosto de 2013




Mañana sale a la venta... "Érase un hombre a una corbata roja atado". Un año de blog ahora en papel.
Infórmate mañana aquí como hacerte con un ejemplar.
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sábado, 10 de agosto de 2013

Mi señora de la limpieza.



Mi señora de la limpieza, Adela, vuelve a tener a su marido en el paro. Lo sé porque el bote donde voy echando las monedas de euro y de dos euros, que me van dando con el cambio, ha disminuido notablemente desde hace un mes hasta aquí.

Llevo años haciendo esto de guardar monedas en un tarro grande de cristal. No es que se me ocurriera a mí, es que mi tía abuela Eloísa ya lo hacía en su casa cuando yo era pequeño e iba de visitarla acompañado de mi madre. Mientras ellas hacían encajes de bolillos y susurraban sobre los cotilleos del pueblo (por aquel entonces los cotilleos aún se susurraban), yo me quedaba embobado mirando el gran bote de monedas pensando que se podría comprar con todo aquello.

Mi tía abuela Eloísa era soltera, trabajaba en una pequeña tienda de ultramarinos que tenía en el pueblo y, aunque no era muy acaudalada, se podría decir que vivía más cómodamente que los demás miembros de mi familia. Cualquiera podría pensar que siendo comerciante, el gran tarro de monedas que tenía en su casa le servía de suministro para el cambio (tan valorado éste entre los comerciantes) pero en su caso no era así. El gran tarro de monedas que tenía le servía para darse un capricho de tanto en tanto y, por lo tanto, el nivel de monedas del mismo oscilaba en función de si estaba aún pendiente de darse un futuro capricho o si por el contrario ya se lo había dado.

Tampoco fue de ella esta idea de coleccionar monedas, según me decía siempre, mientra me veía mirar el tarro con más admiración que deseo, la idea le surgió a raíz de conocer a un marinero portugués que soñaba con viajar tras su jubilación a la India y que, incapaz de ahorrar nada porque él era muy manirroto, ideó esto de ir ahorrando las monedas que le iban dando y así poder cumplir su sueño de dejar de trabajar y descansar en su vejez en el lejano país. No lo consiguió, no sabemos qué cantidad de monedas tenía aquel día en su haber el marinero portugués, pero si sabemos que el pobre murió a una muy temprana edad, una mañana de junio, mientras mi tía abuela Eloísa escuchaba de su boca la historia del tarro de monedas que ella misma llevaría a cabo muchos años después cuando puso su propia tienda de ultramarinos y dejó de forma rotunda la enfermería angustiada por la historia frutada, y quizás también por el amor, de aquel marinero portugués.

Es así como mi tía abuela Eloísa puso su negocio pero, pese a ser el único ultramarinos del pueblo, siempre se negó a vender tabaco en él. Lo podría haber vendido y haberse enriquecido de sobre manera, pero tuvo mi tía abuela un novio fumador que tomaba rapé y que acabó adicto a esnifarlo y se negó mi tía en redondo a vender nada que pudiese ser adictivo. No lo hizo ella por él, aunque así pudiese parecer, lo hizo por ella una vez lo probó y, temerosa de caer enganchada en el tabaco de aspirar, prefirió no tentar a su suerte ni a su nariz.

Fue así como mi tía abuela Eloísa utilizó la idea aquella de ahorrar monedas en el tarro de cristal; el supuesto gasto que no tenía de fumar, lo ahorraba para comprarse un capricho. Era lista mi tía abuela, no tanto como mi señora de la limpieza, Adela, que me cogía, pensando que yo no me daba cuenta, las monedas de mi gran tarro de cristal. Cualquiera hubiese podido pensar que Adela lo hacía por ayudar mínimamente a su maltrecha economía. Nada más lejos de la realidad. La cosa era que cuando su marido se quedaba el paro, a Adela le entraba ansiedad y le daba por robarme las monedas para bajarse a la máquina del bar a comprar tabaco.

No es que hubiese encontrado yo restos de colillas u olor a humo en mi casa. ¡Qué va! Ni siquiera me hubiese dado cuenta de que las monedas disminuían sino hubiese sido porque la china del bar, una mañana al bajar la basura, me había dicho: “La que limpia vuelve a fumar”. Y, ante tal obviedad, yo no podía estar tan ciego. 

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jueves, 8 de agosto de 2013

Una luz.




A veces tus ojos desprenden una luz; una luz fuerte e intensa que ilumina todo lo que te rodea y otorga a todo ser u objeto un brillo especial. El otro día me di cuenta de que hay veces que brillan con mayor intensidad, de que hay veces que, de tanto brillar, adquieren un color único qué jamás había visto. ¿Sabes de lo que te hablo? ¿Tú también sabes a lo que me refiero? Sí, a eso. A eso mismo. Ves, ese es el brillo. Ese. Ese. Te voy a besar otra vez, quiero verlos de nuevo brillar.

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Mi madre dice que todo esto que nos pasa ahora es porque se murió el tío Juan.




Mi madre dice que todo esto que nos pasa ahora es porque se murió el tío Juan. Que, desde que murió él, notamos un gran vacío que desequilibra y desestructura la unidad familiar haciéndonos más sensibles a cualquier hecho que deje en evidencia la fragilidad parental. Yo, cuando mi madre repite toda esta parrafada, me la miro ladeando la cabeza y no digo nada y ella, como si no la hubiese entendido, vuelve a repetirlo todo del tirón para intentar convencerme. 
Es verdad que estamos jodidos desde que el tío Juan se murió, pero digo yo que algún día mi madre tendrá que asumir que, más importante que eso, es el hecho de que mi padre desapareciera por la puerta hace dos meses y no hayamos vuelto a saber nada de él. 
A veces me dan ganas de preguntarle a mi madre por mi padre, pero cada vez que voy a hacerlo me dan ganas de llorar y el corazón se me encoje en un puño hasta casi impedir respirar y me entra ansiedad y empiezo a llorar y me callo y no pregunto. Y pienso que es verdad, que nos ha sentado fatal la muerte de mi tío Juan.

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¿Recuerdas el primer helado de aquel verano?


¿Recuerdas el primer helado de aquel verano? ¿Aquel que devoraste con ansia? ¿Aquel en que te salió premio en el palo y compartimos el segundo a medias? Ahora ya no pasa. Lo del premio, me refiero. Lo de compartir helado sigue sin pasar, pero eso es algo que ya ni intentamos. Debe ser duro para ti. No lo de no intentar compartirlo, no. Tampoco lo hacíamos al final de estar juntos. Me refiero a que debe ser duro pasar los veranos sin comer helado. Ya, ya sé que nadie tiene culpa de que desarrollases aquella intolerancia a la lactosa, pero aquella otra; la de las erupciones, picores y estornudos... Aquella que desarrollaste contra mí... A veces me pregunto dónde estaríamos ahora si no me hubieses cogido alergia. Si estaríamos juntos o si, por el contrario, me hubieses devorado igual que hacías con los helados. Quizás es mejor así, tengo la sensación que dentro de mí, para ti, sólo ponía "sigue buscando".
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viernes, 2 de agosto de 2013

Mis manos.



Mi mano derecha se ha separado de mi mano izquierda. Ya no se hablan. Podría decir que se trata de un divorcio en toda regla. Antes se mimaban, se tocaban, se acariciaban… Ahora cada una busca aliviar las carencias alargando y cruzando, en lo posible, los dedos.

Ellos ya no se mezclan, me refiero a que los dedos. Los de la mano derecha ya no se juntan con los de la mano izquierda, ni a la inversa. Antes se juntaban, encajaban, compartían, quedaban para tocar y tocarse… Ahora ya no se mezclan. Unos van por un lado, los otros por el otro. Como si de un antes y un después se tratara, el divorcio de mis manos a llevado también al divorcio de mis dedos y, aunque supongo que eso es lo que llaman daños colaterales, me da pena pensar que sea así.   

Es triste, cada una de mis manos va por su lado. A veces me las encuentro tan juntas sobre la misma mesa, pero a la vez tan separadas, que me da nostalgia pensar cuando se ayudaban mutuamente a sujetar algo en común, a darse crema o a cortarse las uñas.

Hay días en que me encuentro a cada una de ellas escondidas en cada uno de mis bolsillos, agazapadas, ocultas, silenciadas.

Hay noches, de madrugada, que mi mano derecha aún busca a mi mano izquierda bajo la almohada porque es allí donde la siente y al no encontrarla se aventura hasta el hombro izquierdo para ir bajando poco a poco hasta el codo y de allí a la nuca. En la oscuridad mi mano derecha descubre que tras esa muñeca, aunque aún la sienta, no hay nada y que es el síndrome del miembro fantasma el que le lleva a pensar que la mano izquierda aún no se ha ido.

Angustiada mi mano derecha vuelve bajo la almohada y allí se queda dormida. Dormida, tan dormida que no se siente. Demasiada presión al estar bajo la cabeza. Un leve cosquilleo, un abrir y cerrar la mano y la sangre borra esa angustia de inexistencia.

Otra vez viva, se introduce metiendo los dedos entre el pelo de la cabeza; tierra de nadie, para acabar masajeando la nuca. Y allí, se acuerda de su mano izquierda y recuerda el ruido que hacían cuando aún se hablaban, ese ruido maravilloso cuando tocaban las palmas juntas. En la oscuridad mi mano derecha se sonríe y le envía un mensaje a su mano izquierda: hace un círculo con el pulgar y el índice mientras mantiene el resto levantados. “Estoy bien”, le dice. Sólo espera que, allá dónde esté, su mano izquierda le responda con el pulgar levantado.   


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