domingo, 31 de marzo de 2013

La casa se llenó de pañuelos de papel.



La casa se llenó de pañuelos de papel; de pequeñas bolitas blancas, esparcidas aquí y allí. A través de la ventana vi como las palomas se posaban sobre los muros del convento de San Agustín y, dentro de casa, los relojes se empeñaban en marcar una hora ya pasada. El silencio lo inundaba todo. El sol lo inundaba todo.
Me desperté a la una y cuarto del mediodía sabiendo que era la una y cuatro. No me dio tiempo a dudar, ni tuve tiempo de titubear pensando si era verdad lo que había pasado. El sueño se esfumó en un segundo y la realidad me inundó como un tsumani, nada más abrir los ojos. Nunca noté tan de cerca la realidad.

A lo lejos se oyó la risa de un niño. No sé si aquello fue una señal de ironía o de esperanza.

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sábado, 30 de marzo de 2013

Feliz cumpleaños.



El día que cumplí 57 años abrí una cerveza y me senté en el sillón a oscuras. Eran las nueve de la noche y la oscuridad inundaba el salón ajeno a todo. Sólo unas pocas luces entraban y salían a través de la gran cristalera de la terraza: Luces que aparecían por la derecha de la ventana y que se arrastraban ahora por el suelo, ahora por la pared, hasta desaparecer a través del ventanal por la parte izquierda.

Di un trago a la cerveza y el frío líquido recorrió el trayecto hacia mi estómago helando todo a su paso. Si hubieras estado allí me hubieras dicho aquello que decías tan a menudo de que las bebidas frías de noche matan a cualquiera, pero aquella noche no estabas. Te habías ido. 

Las luces seguían entrando y saliendo del salón, ajenas a todo y la soledad se paseaba a sus anchas a mi alrededor a golpe de oscuridad y de trago de cerveza. ¿Podría llegar a caer más bajo? Podía, sin duda. Había destruido en un día todo lo que había construido en años y ahora, en la oscuridad de mi ser, la vida se volvía oscura.

Me levanté del sillón y caminé hacia la ventana. Metí la mano en uno de los bolsillos del pantalón y extraje el paquete de tabaco. Algún día debería dejar de fumar, pero aquel día no sería hoy. La llama encendió rápidamente el cigarro y el humo descendió hasta mis pulmones. Me pareció oírte reprocharme fumar, pero tú ya no estabas.

Abrí la puerta corredera del balcón y me acerqué hasta la barandilla. El aire me movía el flequillo a su antojo. Demasiado pelo para tu edad. Abajo la ciudad se extendía a mis pies como miles de luciérnagas inmóviles. Me pregunté cuántas veces yo habría sido una luciérnaga inmóvil para todos ellos.

Volví dentro a por otra cerveza y volví a salir. La ciudad continuaba silenciosa y tranquila. Me pregunté en qué parte de esa ciudad estarías tú. Me pregunté en qué parte de esa ciudad estaría yo. Levantando la cerveza al aire brindé por mi 57 cumpleaños, ni siquiera el aire se atrevió a brindar.

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Fin de la primera parte



Ya está, lo he hecho. He completado la primera de las tres partes. Mi reto es llegar a los noventa y nueve años y hoy cumplo treinta y cuatro. Fin de la primera parte.

Me ha sido muy fácil llegar hasta aquí. Muy fácil y eso que, cuando era más joven, no me gustaba nada cumplir años. Durante unos años la vida me arrastró por su corriente y en un momento concreto decidí ser yo el que caminase y no se arrastrase. Me ayudó a hacerlo aquella frase de Frida Kahlo y Diego Rivera que dice: “VIVA LA VIDA”. Sí, señor, “VIVA LA VIDA”. Sin excepción, en mayúsculas y entre comillas, para celebrar el milagro de vivir y estar vivo. Envejecer hasta aquí ha sido un lujo: físicamente me encuentro bien, incluso cada vez mejor, me atrevería a decir. Y los que me rodean se han encargado de hacerme muy feliz. He conseguido desgranar los entresijos de la vida rodeado de aquellos que han querido desgranarlos conmigo.

Sin embargo, no soy hombre fácil y los que están a mi lado lo saben. Soy rebuscado, poco agradecido, cabezón y de carácter fuerte. No soy fácil de mover en aguas tranquilas, pues siempre navego entre los extremos. Es por eso que estoy tan agradecido a todos aquellos que han caminado o todo o parte de este primer tercio conmigo. Su mérito es haberse mantenido a mi lado y sé que no son muchos porque soy poco milagroso en estos aspectos porque muchas veces fallo y muchas veces falto, pero a veces me propongo obrar el milagro y lo consigo.  Así que gracias, muchas gracias a todos vosotros. De todo corazón.

¡VIVA LA VIDA!

Vuestro siempre,

J.Tello

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martes, 26 de marzo de 2013

Post 2 post (Pilot 1B)*



Querido Ramón:

Perdona que haya tardado tanto en contestarte, pero llevo unos días tratando de hacerme un poco a todo esto de aquí y a veces no me resulta fácil encontrar momento para sentarme a escribirte.

Ya tengo piso, he alquilado uno pequeño en el centro por el que pago poco. La dueña, una viejecita encantadora, me recuerda un poco a ti porque es de esas que se presenta en la puerta de casa cada dos por tres con un pastel y muchas ganas de hablar. Cada tarde sube sobre las tres a tomar el café. ¿Recuerdas que al poco de conocernos tú también aparecías en la puerta de mi casa cada dos por tres sin avisar?

El otro día, no me preguntes cómo, en uno de estos cafés le expliqué como nos conocimos. ¿Lo recuerdas? Fue aquella noche en la que un amigo en común celebró una gran cena de navidad para sesenta personas que apenas se conocían, ¿lo recuerdas? Tú te acercaste a mí y me dijiste que te sonaba mi cara, pero que había tantas redes sociales, que no sabías dónde me habías visto. Me pareció la forma más tonta y faltosa de entrarle a un tío. Me pareciste, siempre lo recordaré, un idiota. Luego la conversación, gracias a dios, giró; pusiste una gracia aquí, un chiste allá y me pareciste simplemente un idiota con gracia. Poco a poco empezamos a quedar y enseguida encontré en ti, no sólo un seguidor de mis textos, sino sobre todo a un amigo.

Creo que nunca lo he hablado cara a cara contigo, pero tú eres uno de los que han hecho que esté aquí, que esté intentando alcanzar mi sueño. Tú y algunos más sois los responsables. Mientras otros pasaban indiferentes ante mis letras, tú siempre estabas ahí, leyéndolas, cuidándolas y destacando lo bueno y lo malo de ellas.  No eres un adulador, ni mucho  menos, eres esa persona que ha sido capaz de captar que es lo importante para mí y preocuparte por ello del mismo modo que yo lo hacía. Sé que soy un poco cabrón diciéndotelo por aquí y sé que cuando lo leas moverás la cabeza de izquierda a derecha sin despeinarte ese tupé engominado que llevas mientras dices que no, pero sabes muy en serio que es que sí. Un poquito de lo que salga de aquí será gracias a ti y a algunos más.

Ya te iré contando, por ahora sólo decirte que en dos semanas empiezo las clases y que te prometo que te tendré bien informado de todo, por carta, tal y como me pediste antes de marchar. Y perdóname que no hable de eso otro que los dos sabemos, pero ahora que todo empieza a ir bien prefiero no recordar. Bastante he tenido que cargar ya con la melancolía y el recuerdo durante estas tres últimas semanas que me han pesado mucho más que las maletas que traje conmigo.

Ah! Hablando de maletas… Tengo que decirte algo que sé que no te gustará: Se me rompió una maleta nada más bajarme del avión, espero que me lo perdones. Sé lo caras que son y te prometo que en cuanto pueda te compraré tres y las enviaré, que sé lo mucho que las necesitas, pero, y sólo con ánimo de quitarle algo de hierro al asunto, el hecho de que se me rompiera una maleta me ha dado pie a pensar que uno de los capítulos del libro se llamará: “Recogida de defectos personales”. Sé que quizás no te compensará, pero en cierta manera es gracias a ti, así que no te enfades demasiado, ¿vale?

Y por si te lo preguntas, he comenzado a escribir ya el primer capítulo del libro y te paso lo poquito que tengo a continuación:

“Era jueves. Apagué el móvil y lo dejé sobre la mesita de noche como le había prometido a Lucía. Aquel iba a ser un fin de semana largo sólo para nosotros dos. Llevábamos mucho tiempo planeándolo y Roma, la ciudad eterna, nos esperaba”.

Sé que no es mucho, pero sé que te hará tanta ilusión leerlo como a mí escribirlo. Lo sé.


Un abrazo,

J.Tello

Pd. Y actualiza más tu blog, que me gusta ir leyéndote sin que te enteres.

Besos


* Ramón Capote es el autor de http://pasivasygolosas.blogspot.com.es , blog donde podéis leer la carta que motivó mi texto y que sirve de arranque para esta nueva sección llamada “Post 2 post”.




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jueves, 21 de marzo de 2013

Tú eres maricón II



Aquella vez follamos en los lavabos. Fue algo rápido, furtivo, fugaz. Mientras me embestía por detrás, vi reflejado en el espejo que llevaba al cuello aquella cadena de oro con un cristo crucificado que me era tan familiar, pero mejor empecemos por el principio.

Al poco de llegar a la gran ciudad comencé a trabajar de camillero en un hospital. No tenía ni idea de sanidad, pero no había mucha gente dispuesta a trabajar en el turno de noche. El trabajo no era nada del otro mundo: llevar a un par de pacientes de aquí hacía allá, tomar café con las enfermeras y jugar a cartas con algún médico para pasar la noche.

Nunca dije en mi trabajo que era gay, o maricón, como me habían venido diciendo todos hasta aquel entonces. Podría excusarme diciendo que a nadie le importaba con quien me metía en la cama, pero la verdad es que si a nadie le hubiese importado lo hubiese podido decir con total tranquilidad. En lugar de eso, cuando se hablaba de mujeres, de novias o de sexo, yo me movía por esa fina línea que abarca la ambigüedad, deseando que la conversación cambiase pronto de rumbo. Y, ni que decir tiene, que cuando el tema de la homosexualidad salía a la palestra, ya no sabía bajo que piedra esconderme y una sonrisa, o una risa tan corta como forzada era mi única contestación.

Nunca pensé que, tras años siendo para todos el maricón del pueblo, me vería a mí mismo intentado pasar desapercibido entre la gran marea gris de gente, intentado formar parte de algo en donde, a lo mejor, no me querían a mí.

Fuera del hospital, todo era otra historia: compartía piso con tres chicos más que, entre ellos y sus amigos, se ocupaban de cubrir todos los estereotipos gais habidos y por haber. El mariconeo estaba tan a la orden del día en el piso, que contrastaba llamativamente que en casa fuese de una manera y en el trabajo de otra. Tal era el contraste, que a veces me sorprendía a mí mismo siendo la cara y la cruz de la misma moneda.

Para ganarme un dinero extra, comencé también a trabajar en un bar de ambiente sirviendo copas. Me hacía gracia recordar mis principios de camarero en el bar de Mariló y descubrir que los problemas que tenían mis clientes en aquel pequeño bar de ambiente de pueblo, y los que tenían los del bar gay de la gran ciudad eran exactamente los mismos: el amor, el desamor y la soledad.

Yo también me sentí sólo a veces, cómo no sentirlo. No me había tratado mal aquella gran ciudad, pero a veces tenía esa sensación de que todo seguiría girando a mí alrededor sin importar demasiado si yo estuviese o no: Hubiesen contratado a otro en el Hospital, mis compañeros de piso se hubiesen reído con otro, en el bar los clientes se hubiesen confesado ante otro… A veces, envuelto en la masa de gente que iba camino a ningún lugar, me paraba en mitad de la calle y observaba como los demás transeúntes se movían rápidos esquivándome para no chocar conmigo. Podría decir que aquella era la perfecta metáfora de la gran ciudad: miles de personas a tu alrededor luchando por no tocarte y esquivarte, pero la verdad es que un día sucedió lo que no sabía que iba a pasar: él chocó conmigo. El tiempo se detuvo un segundo en la gran ciudad y en todo el mundo.

Se llamaba Marcos, era alto, guapo, fuerte y muy divertido. Por su belleza podría ir de creído, pero al contrario de eso, tenía tal punto de humanidad que te dejaba helado. Es difícil de explicar, pero imagínate que un dios griego te hablase y te cogiese aprecio y tú sólo te preguntases por qué a mí, por qué a mí. Pues eso es lo que yo sentí. Quizás sea porque soy de esos que piensan que si hubiese nacido más guapo, la vida me hubiese tratado de otro modo y yo hubiese tratado a la vida también de otra manera, pero él estaba muy por encima de eso, no se trataba de estar bueno o no. En él, su belleza era tal que simplemente impresionaba que pudiese hablar contigo. Nos caímos bien, demasiado bien, a pesar de su excesiva belleza de dios griego y de su novio.

Así es el amor, un capricho que muchas veces no llega a cumplirse, que muchas veces muta a deseo, de ahí a recuerdo y luego a nostalgia. Marcos fue para mí, durante mucho tiempo, el amor hecho persona. Era algo por encima de su físico, era su personalidad; esa sensación que tan pocas veces tienes en la vida de que te están tratando tan bien que no quieres nunca alejarte de esa persona. Esa sensación que tienes de que te están tratando tan bien que nunca serás capaz de devolver todo ese amor.

Hay gente que te llega muy dentro y Marcos a mi llegó tanto, que me sorprendí a mí mismo hablando por las noches en el hospital de un amigo que tenía y que me decía tal cosa o con el que me iba aquí o allá. No me hubiese sorprendido hacerlo en el bar de ambiente donde trabajaba de camarero, pero hacerlo en el hospital me supuso, en cierta manera, notar que estaba abriéndome un poco, no sé si a ellos o quizás a mí.

Una noche en el hospital, las enfermeras de la tercera planta me pidieron que les ayudase a mover a un paciente que estaba casi terminal. No le había visto nunca, pero al girarle me llamó la atención una cadena de oro que llevaba al cuello igual a una que tenía mi padre. Debí quedarme demasiado tiempo embobado mirando porque el hijo, un chico aproximadamente de mi edad, estaba sentado en una de las butacas de la habitación y no me quitaba el ojo de encima. “Mi padre tiene una igual”, le dije como excusándome por haberle mirado tan insistentemente. Él simplemente sonrió con chulería.

Dos horas después, cuando subía de urgencias de fumarme un cigarro, me lo volví a encontrar cara a cara al salir del ascensor y volvió a sonreírme con chulería. Y yo, ni corto ni perezoso, solté de golpe la consabida frase de “tú eres maricón” sin saber que aquellas tres palabras me abrirían en esta ocasión su boca y su bragueta.

Aquella vez follamos en los lavabos. Fue algo rápido, furtivo, fugaz. Mientras me embestía por detrás vi reflejado en el espejo que llevaba al cuello aquella cadena de oro con un cristo crucificado que me era tan familiar. Sólo al salir de aquel lavabo supimos que el padre de Marcos había muerto mientras follábamos.

Tiempo después yo descubriría que mi padre también murió aquella misma noche.

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martes, 19 de marzo de 2013

Hoy todo...




Hoy todo... Hoy todo puede esperar 
Cierra el periódico y dame un beso 
Y saldremos en la sección de sucesos 
Como los locos que se besaron sin parar.

Hablarán de nosotros en la prensa internacional, 
Pero tú y yo no tendremos más titular ni exceso 
Que un Aries o un Capricornio de esos 
A los que auguran siempre un buen final.

Quizás prevean más lluvias por el norte, 
Pero tú y yo nos saltaremos la sección de deportes 
Y haremos juntos el crucigrama

Buscando, en horizontal cuatro letras:
Sentimiento que tiene la receta 
De rehacer el corazón y deshacer la cama

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Según mi madre el amor es como el alambre...



Según mi madre el amor es como el alambre que ponen para cerrar las bolsas de pan de molde: algo muy pequeño y frágil que es capaz de conservar lo importante en muy buen estado. Si le das demasiadas vueltas, se rompe; si lo dejas demasiado suelto, se estropea lo de dentro. Para algunos, según mi madre, es muy fácil perder ese alambre por lo que acaban sustituyéndolo por un nudo que aprieta y estrangula hasta que seca lo que hay dentro. Muchos lo echan de menos sólo cuando no lo encuentran. Otros, sin embargo, son capaces de conservarlo hasta el final, consiguiendo que su amor se mantenga siempre en buen estado. 
A veces creo que tú eres como el alambre que ponen para cerrar el pan de molde; algo muy pequeño y frágil que cualquier día, sin darme cuenta, perderé.  

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