jueves, 28 de febrero de 2013

Un lugar.



Es uno de los pocos sitios donde, incomprensiblemente, no tengo que usar las palabras y eso me gusta. Uno de los pocos sitios donde soy capaz de poner la mente en blanco y no pensar. Uno de los pocos sitios que conozco donde el esfuerzo tiene su justa recompensa. Un lugar sin jefes, sin rivales, sin maldades. Un lugar donde sólo estoy yo.

Empecé a ir al gimnasio hace mucho, mucho tiempo. Me apunté porque me sobraban unos quilos de más y estaba cansado de ser el niño gordito de todos los sitios a los que iba. Empecé a ir al gimnasio sin saber muy bien que tenía que hacer. No sé cómo se me ocurrió un día comenzar a correr en la cinta estática, pero en algún momento me encontré yendo a correr cuatro kilómetros diarios. No sé qué me impulsó a hacerlo, sólo recuerdo que el tiempo que estaba sobre aquella cinta era incapaz de pensar en absolutamente nada y que cada vez me costaba menos y menos perder peso.

Un día me pesé y me di cuenta que había perdido casi veinte quilos. Lo tuve que dejar y con el tiempo me enteré que, en mi trabajo, casi todo el mundo preguntaba a mis compañeras que si estaba enfermo. En cierta manera, lo estuve.

Como nuevo pasatiempo empecé a intentar muscular aquel pequeño cuerpo que se me había quedado. Siempre he sido un tipo muy autodidacta, lo cual me ha llevado a cometer los más grandes y mejores errores de mi vida, con la seria convicción de que lo estaba haciendo bien, que es peor aún. Así que, durante otra época de mi vida me fue bien fingiendo hacer que hacía algo y preguntándome donde estaba el resultado de todo aquello.

Fue un amigo el que, después de llevar mucho tiempo apuntado al gimnasio sin hacer nada de cardio, me propuso salir a correr por el lateral del rio que hay cerca de donde vivo. No había corrido nunca por el exterior, así que me pareció bien probarlo aunque he de decir que lo hice con alguna que otra reticencia. El primer día ya me di cuenta que aquello era lo mío. Salir a correr habiéndote descargado una aplicación en el teléfono móvil te hacia poder ver el tiempo y la distancia que habías recorrido. Empecé corriendo días alternos cuatro kilómetros para distraerme y acabé corriendo doce kilómetros casi a diario. Lo tuve que dejar, mi intención era salir a correr para distraerme pero perdía tal cantidad de peso que me era imposible comer todo lo que tenía que comer para engordar.

Así que volví otra vez al gimnasio a intentar muscular algo ese cuerpo delgado otra vez y allí sigo. Me pongo la música, me enfundo los guantes y tras un saludo con la cabeza aquí y un gesto con la mano allá, enciendo la música y dejó la mente en blanco en uno de los pocos sitios donde, incomprensiblemente, no tengo que usar las palabras, y eso me gusta. En uno de los pocos sitios que conozco donde el esfuerzo tiene su justa recompensa. Un lugar sin jefes, sin rivales, sin maldades. Un lugar donde estoy sólo yo.

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¡Trini, como está la vida!



Trini, ¡Como está la vida!
 Vamos cuesta abajo,
 Menos mal que la niña ha encontrado trabajo
 Y eso es todo un reto
 ¿Te lo cuento?
 Se levanta a las cinco, desayuna,
 Sus dos horitas de metro,
 Trabaja tres horas, descansa una,
 Trabaja dos horas más y luego cuatro horas muertas.
 Se queda allí porque si viene cuando llega aquí
 Se tiene que estar volviendo.
 Trabaja media hora más y luego
 Llega a casa tan agotada
 Que descansa la vista
 Cansada
 En la almohada.
 ¿El sueldo? ¿Mil eurista?
 ¡Trini, vas tu lista!
 Con tantos recortes
 No le llega el sueldo
 Ni para pagarse el transporte,
 Pero ahí está, trabajando a destajo,
 Y encima dando gracias
 De que tiene trabajo.

 ¡Es que, Trini mía, como está la vida!
 Si sonríes y parece que sea pecado.
 Como ahora poco es ya demasiado,
 Te ven que enseñas por la calle los dientes
 Y ya van diciendo: "¡Mira, qué pudiente!"
 Pero yo no tengo que esconderme de nada
 ¿No va con la cabeza tan alta la Infanta
 Y, con lo que está pasando, no se amedranta?
 Pues yo tranquila, que mi marido
 Ni roba ni ha robado
 Ni se va de despilfarro
 Y, cuando está en Palma, domina
 El cotarro.

 Si es que ahora, Trini, de currar ya nadie se escapa,
 Bueno, salvo el papa,
 Que ahora va y dice que se nos retira
 Que va a dejar el puesto para darse al rezo,
 Para verlas venir, para cuidar el huerto.
 ¡Mira, paro porque si empiezo...!
 ¡Yo, para mí, le pese a quién le pese,
 El Papa bueno es el Papa muerto!
 ¡El Juan Pablo ese!

 Porque a mí la Iglesia nunca me ha gustado:
 Tanta falda larga y tan poquito estilo,
 Tanta putada y tan poquito hilo
 Y tantísimo obispo yendo de listo y de desviado...
 ¡Que parece que los cogen tarados seguro!
 ¡Pa' mí que el cielo es un cuarto oscuro!

 Bueno, Trini, ya más no me dilato
 Que me voy pa' casa y, pa' pasar el rato,
 Mientras pongo el puchero
 Me escucho entero
 El disco de Pablo Alborán.
 ¡Hija, qué manera tiene de cantar!
 Con esos ojitos de tierno gatito...
 Con esa boquita de piñoncito...
 ¡Uy, Trini, me pongo excitada!
 ¿Qué digo excitada? ¡Sobreexcitada,
 Sobrecogida. Vamos, tú me sobreentiendes.
 Y es que ese hombre es sobrenatural,
 Sobredimensionado, sobresaliente...
 Sobres y más sobres,
 Pero sólo hay sobres para ricos,
 No sobres pa' pobres.
 ¡Es que, Trini mía, como está la vida!

 ¡Uy, Trini, me marcho, qué tarde!
 Como llegue mi Manuel
 Y no esté hecho el puchero
 Le digo a él que tú eres la culpable.
 ¡Que te enrrollas lo que no está escrito..."
 ¡Venga, nos vemos!
 Besos pa' Daniel, pa' ti y pa Carlitos.
 ¡Como está la vida, Trini mía, como está la vida!

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De lobos y corderos.


I. Corderos.

Ni me aborrego siempre que toca
Ni por norma ando fuera del redil.
Normalmente suelo decir que sí
Cuando digo no al abrir la boca.

Díscolo en grupo, algo masoca.
Si se trata de nadar a favor de mí
Tengo muy claro donde quiero ir
Aunque para otros mis pasos se equivocan.

Nunca se me dio bien cantar
Ni entonar en grupo el dulce balar;
Soy el cordero que salió rana.

Me aborrego cuando manda la ocasión,
Pero también sé decir que no 
Cuando quieren quitarme la lana.


II. Lobos

Ni enseño los colmillos a la primera
Ni me visto con pieles que no tocan,
Uno es lo que es y cuando me provocan
Muerdo sin morder y sin apetito.

Pocas veces en manada, pocas en grupito.
El que me dispara con plata se equivoca.
Yo soy de los que mueren por la boca,
Pero no jactándose de contar corderitos.

Quizás haya en mis dientes algo de carne,
Pero te aseguro que es mía. Suelo atacarme
A mí mismo sin ponerme tiritas.

Y aunque lo de feroz en mí es sólo un invento,
Si de algo voy sobrado es de cuento
Así que menos lobos, Caperucita.

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Hay hombres.




Hay hombres que siempre se miran en el espejo del pasado,
Hay hombres que apagan la radio cuando suenan canciones de amor,
Hay hombres que se toman el sexo como un plato precocinado,
Hay hombres que me dicen que sí cuando me dicen que no.

Hay hombres que se comen una y cuentan cuarenta,
Hay hombres que por contrato aman de alquiler,
Hay hombres que sueñan sueños donde no se sueña,
Hay hombres que quieren ser amados y no saben querer.

Hay hombre que arriesgan, apuestan, juegan y ganan,
Hay hombres que besan príncipes que salen rana,
Hay hombres que siempre cantan la misma canción.

Hay hombres que te besan con la mirada,
Hay hombres que te besan y no te dicen nada,
Hay hombres que llevan a mil hombres en su corazón.

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domingo, 24 de febrero de 2013

La Organización.



Entiendo que a algunos de los que estáis ahora aquí os costará mucho entenderme, pero la historia que os voy a contar es totalmente cierta, no en vano es la historia de una parte de mi vida. Una historia que yo nunca hubiese pensado que podría contar, una historia que nunca hubiese pensado que me tocaría vivir.

Dejadme que me presente: mi nombre es Isabel López. Tengo treinta y seis años y hará cosa de tres fue cuando me quedé en el paro. Acababa de romper con mi novio hacía muy muy poco cuando mi jefe me llamó al despacho para decirme que me despedía. Sentía todavía tanto dolor en mi corazón por la ruptura con mi chico que no me importó en absoluto que me despidiesen. No era un sumatorio de penas, era una pena tan grande que absorbía otra y en aquel momento el dolor era tan grande que pensé que nada me importaba en absoluto.

Estuve tres meses sin apenas salir de casa. Mi madre, que vivía muy cerca de mí, se acercaba de vez en cuando para tirar de mí y levantarme de la cama, para acercarme a casa algo de comida, para llenarme la nevera... Recuerdo aquellos días como si de un sueño se tratase, un sueño del que tuve que salir un día, de repente, cuando una mañana me llamaron desde el Hospital diciéndome que mi madre había sufrido un infarto y estaba muy grave. Fue mi motivo para salir de la cama y salir de casa. Durante tres meses estuvo cuidándome ella a mí y durante dos largos meses me dediqué yo a ir cada día a cuidarla a ella al Hospital.

Es difícil ver como un ser querido enferma, es difícil ver como lo único que tienes se consume poco a poco. Es entonces cuando te das cuenta de la fragilidad de la que estamos hechos y, en estos momentos de dureza, es cuando te planteas si existe algo más.

Fueron muchas las horas que pasé sola en la sala de espera de aquel Hospital. Muchas las horas que pasé pensando, llorando, totalmente sola. Entre la esterilidad de aquellos pasillos y ese olor a desinfectante que todo lo impregna es donde conocí a Manuela.

Muchos de vosotros conocéis a Manuela, algunos en persona, otros sólo de oídas. Aquella tarde, mientras esperaba a que el médico volviese a hablar conmigo sobre la salud de mi madre, Manuela se sentó a mi lado y aquello hizo que me cambiase la vida. Nunca había oído hablar de ella, nunca la había visto, pero cuando se sentó a mi lado y puso su mano sobre mi brazo me dio la sensación de que aquella mujer transmitía algo especial que muchos otros no tienen.

Se presentó con una elegante sonrisa y en aquella cara amigable encontré una persona con la que compartir un café y una charla. Me abrí con ella como hacía cinco meses que no me habría con nadie y le expliqué mi ruptura con mi novio,  mi despido en el trabajo y el ingreso de mi madre. No sé qué vi en aquellos pequeños ojos marrones, pero la paz y la calma que trasmitían me daban una tranquilidad como hacía tiempo que no encontraba. Poco más supe de ella aquella tarde. Fui yo la que habló sin parar durante todo el rato hasta que el médico me llamó para darme el parte médico de mi madre. Pedí a Manuela que me esperase a que hablara con el médico para seguir charlando y me dijo que fuese tranquila, que al día siguiente hablábamos. Pensé que la suya era una de esas cosas que se dicen, pero que luego no se hacen. Me equivoqué, a la tarde siguiente volví a encontrarme con Manuela y con sus pequeños ojos marrones.  Aquella fue la primera vez en cinco meses que me sentí afortunada de tener a alguien a mi lado.

Estuvimos hablando toda la tarde; volví a contarle la situación en la que me encontraba, le conté sobre mi madre… Y ella me explicó que estaba allí porque uno de sus hermanos se encontraba mal. Fue, como la tarde anterior, muy agradable y fue aquella tarde cuando me contó que ella tenía una empresa, algo muy casero y fácil de llevar, con lo que quizás podría ayudarme. Para mí oír aquello fue una gran alegría, económicamente lo estaba empezando a pasar algo mal: la enfermedad de mi madre me impedía buscar trabajo y los pocos ahorros que tenía se los había tenido que pasar a mi ex a cambio de quedarme con el piso y pagarle su parte de hipoteca. Vamos, tenía que estirar el sueldo que cobraba del paro mucho más de lo que me daba de sí, así que oírle a alguien decir que quizás podía echarme una mano fue como oír que se me abrían las puertas del cielo.

Fueron muchas las tardes que nos fuimos viendo y que fuimos hablando en el Hospital. Muchas las tardes en las que compartíamos café, confesiones y miedos. Y muchas en las que nos pasábamos las horas sentadas hablando y hablando sobre cualquier tema, desde la enfermedad a la muerte y desde el trabajo al dinero.

Se notaba que Manuela era una mujer especial. Una mujer hecha a sí misma, inteligente, con las ideas formadas sobre muchísimos temas. Una mujer trabajadora que sabía que en esta vida con esfuerzo y algo más se puede llegar muy lejos.

Un día invité a Manuela a mi casa a cenar. Nos habíamos pasado toda la tarde en el Hospital juntas y a mí me dolía un poco la cabeza, así que le dije de irnos a mi casa, preparar algo de cenar y descansar. Aceptó encantada. Fue en la sobremesa, después de cenar, cuando tuve el descaro de preguntarle que cuándo me iba a explicar ese negocio suyo que tenía, porque yo necesitaba trabajar. Manuela me explicó todo sobre su empresa. Era algo simple, fácil, sencillo. Consistía en vender ciertos productos y en llevarse un tanto por ciento por ello, pero además consistía en formar a otros para que a su vez también vendiesen productos y así beneficiarte de las ventas que tuviese la gente a la que tú formabas. Manuela me formaba a mí y yo le compraba productos a Manuela, yo vendía esos productos a mis amistades y si, a su vez, alguno quería entrar a trabajar en la empresa, yo le formaba a él y sacaba beneficio de sus ventas. Me pareció algo genial. Me encantó, siempre había tenido buen don de gentes y estaba segura que me sería muy fácil vender y formar a más gente. Descorché una botella de vino y brindamos por el futuro éxito. Pensé que aquello no había hecho más que empezar.

A la mañana siguiente, la idea me seguía pareciendo tan genial como la noche anterior. Nada más levantarme llamé a Manuela para ponerme manos a la obra y preguntarle que cuando empezábamos. Me dijo que, para empezar a comprar los productos, tenía que comprar los catálogos donde venían los productos. Lo vi razonable, nadie da nada por nada y además todo tiene un precio. Así que me fui a la dirección que me indicó Manuela y compré un par catálogos. Los estuve ojeando de camino a casa y la verdad es que me parecieron maravillosos; no era el tipo catálogo de ventas a domicilio que sólo tiene maquillaje o cosas del hogar. No, no, se trataba de un catálogo muy completo con productos como podían ser pequeños electrodomésticos, menaje del hogar, pasando por maquillaje o juguetes para niños.

Aquella tarde me llevé el catálogo al Hospital y le estuve explicando a mi madre en la nueva empresa en la que me había metido y lo contenta que estaba. Mi madre no lo entendió mucho, pero como me dijo Manuela  aquella misma noche, mientras cenábamos en casa: “No todo el mundo aceptó a la primera que la tierra era redonda”.

Me pasé una semana curioseando el catálogo y comentando con Manuela las cosas que creía que si compraba, serían más fáciles de vender. Manuela me ayudó mucho aconsejándome qué se vendería mejor y con qué tendría más beneficios. Yo estaba muy ilusionada y una tarde me presenté en el Hospital con la lista de todo lo que quería. Con Manuela, hice cálculos de lo que tenía que pagar por todo mi pedido y me di cuenta que la suma ascendía a mucho más de lo que tenía en el banco ahorrado. Me desilusioné un poco, pero fue la misma Manuela la que me dio la idea de que a veces para ganar unas cosas hay que perder otras, así que miré por casa todo aquello que tenía y que no utilizaba, para vender. Vendí algunos electrodomésticos, una guitarra que tenía por casa y que no utilizaba, una cubertería de plata que no quería para nada. Con ese dinero y con el poquito que tenía ahorrado hice mi primer pedido dispuesta a ganar y a ganar.

Con todo el material ya en casa, hice una primera reunión para enseñar los productos a unos amigos y conseguí vender un par de cosas, pero la verdad es que no mucho más. Vender productos daba dinero, pero para ganar mucho dinero tenías que vender muchos productos, así que me di cuenta que lo que verdaderamente te hacía ganar era formar a otros para que vendieran productos por mí. Hablé con Manuela del tema y ella misma me dio la razón; lo verdaderamente beneficioso era reclutar a otros para que éstos también vendieran productos que te compraban a ti. Fue así como Manuela me dijo que para reclutar a otros posibles vendedores primero había que hacer un curso de tres días que sólo se impartía en Madrid. El curso intentaba explicar a los futuros formadores de nuevos vendedores, la misión y la estructura de la empresa y prepararles para todas la posibles preguntas que a cualquier nuevo vendedor le pudiesen surgir y que yo, como formadora, tenía que saber responder. Me pareció lo más correcto del mundo, el problema era que para hacer el curso tenía que pagar una suma de dinero que yo ni tenía ni sabía cómo podía conseguir.

Fue bastante decepcionante para mí darme cuenta de que no tenía posibilidad de hacer aquel curso que estaba tan segura que me abriría tantas puertas. Aquello me había dado mucha vitalidad después de todo por lo que estaba pasando y topar con aquel obstáculo nimbó mis ánimos. Sin saber qué hacer, una tarde en el Hospital se lo conté a mi madre y le pedí que me dejase el dinero para hacerlo. Me dijo que aquello era una locura y que además no tenía suficiente dinero. Le dije lo importante que era para mí, pero no me quiso escuchar. Discutimos en aquella mísera habitación de Hospital tan fuerte que las enfermeras me echaron de la habitación mientras mi madre fingía un ataque de ansiedad.

No pegué ojo aquella noche. En la oscuridad de mi habitación solo pensaba una y otra vez como mi propia madre no podía apoyarme en una cosa así. En mitad de la noche llamé a Manuela y le expliqué lo ocurrido, sus cálidos ojos marrones no tardaron en aparecer una hora después en la puerta de mi casa para darme el abrazo que necesitaba. Mis lágrimas cayeron sobre su hombro hasta quedarme dormida de lo agotada que estaba. Aún en sueños creía oír a  Manuela decir: “A veces para ganar unas cosas hay que perder otras”.

A la mañana siguiente fui al banco. La chica de la ventanilla me conocía de memoria, muchas veces había ido a hacer gestiones en nombre de mi madre. Me preguntó por ella, le dije que estaba ingresada, me preguntó que qué quería, le dije que quería consultar el saldo de la cuenta de mi madre y sin ningún problema me lo dijo. Era insuficiente. Le pedí que lo traspasara a mi cuenta porque ahora que estaba ingresada habíamos pensado que cuando saliese del Hospital nos íbamos a ir a vivir juntas.  Y para intentar serenar mis nervios pensé que cogerle el dinero a mi madre era algo temporal, pues estaba segura que iba a ganar tanto que no iba a tener problema en devolvérselo.

Llamé a mi ex y le propuse que me comprarse el coche que ya no utilizaba. Él, en la ruptura, se había quedado con el parking. Aceptó mi propuesta y tres días después cogí un tren destino a  Madrid dispuesta a recibir el curso que me haría ser la mejor formadora de vendedores. Todo lo que encontré allí acabó por cambiar mi vida por completo.

Pasé los tres mejores días que había pasado en los últimos meses. No sólo me dieron la formación necesaria para vender y venderme, además me enseñaron los valores que aquella empresa tenía y verdaderamente vi como los transmitía y los llevaba a la práctica conmigo y con todos los que formábamos aquella gran familia. Aprendí, disfruté y me reí como hacía tiempo que no lo hacía y volví a casa con las pilas nuevas.

De camino a casa, en el tren, fui llamando a algunos amigos para reunirlos en mi casa aquella misma tarde y poner en práctica todo lo que había aprendido. Al entrar por la puerta de casa me llevé una muy grata sorpresa: Habían dado el alta a mi madre y estaba allí de pie delante de mí. No había vuelto a hablar con ella desde la discusión que habíamos tenido y, con todos los acontecimientos de Madrid, no había tenido mucho tiempo para llamarla e intentar arreglar las cosas. No hizo falta hablar mucho, nos fundimos en un fuerte abrazo y quitándome el abrigo me dispuse a contarle todo lo que había aprendido. No tardó en preguntarme por el dinero. Le expliqué que se lo pensaba devolver, que era algo eventual, que se lo había cogido prestado. No quiso escucharme, no quiso saber más. Le pedí que se quedase a la reunión, pero no fue capaz de hacerlo por mí. Cogió la puerta y se marchó.

Llamé a Manuela para contarle lo ocurrido y para decirle que ya había vuelto de Madrid. Vino a casa enseguida a consolarme y a ayudarme con la reunión, pero antes de que llegasen mis invitados marchó para que nada ni nadie eclipsara mi presentación. Mis amigos no vieron tan claramente como yo mi nuevo trabajo, pusieron pegas, vieron problemas, tuvieron miedos. Pusieron en sus bocas palabras que yo nunca diré y optaron por llenar con sus prejuicios mis ilusiones.  Volví a llamar a Manuela cuando todos se fueron y Manuela, una vez más, estuvo allí conmigo dispuesta a ayudarme y a consolarme.

Los siguientes dos meses no fueron fáciles para mí. Las deudas empezaban a ser insostenibles y la relación con mi madre iba de mal en peor. Apenas nos veíamos y cuando lo hacíamos era solamente para que ella me reprochara lo mal asesorada que estaba y lo mucho que estaba perdiendo con mi nuevo proyecto. Fueron días difíciles, días en los que tuve que asumir que tenía que vender mi piso y en los que tuve que pedirle a mi madre que vendiese la casa que mi padre tenía en el pueblo para darme la mitad de la herencia que me pertenecía y que tantos años llevaba sin cobrar.

Lo necesitaba. Necesitaba el dinero, no ya para pagar mi piso, sino para no seguir hundiéndome más. Mi madre me negó su ayuda una vez más. Me llamó loca, me dijo que me estaban sorbiendo el seso, que me estaban utilizando. Recuerdo que llamé a Manuela tras discutir con mi madre y que Manuela me dijo algo que yo ya sabía: “A veces para ganar unas cosas hay que perder otras”. Aquella misma tarde me personé en la policía y denuncié a mi madre para obligarle a que me diese la parte que me correspondía de la herencia de mi padre.

Esa noche ya no volví a dormir en el piso y puedo decir tranquilamente que fue la noche que tuve una madre de verdad: Manuela me acogió en su casa como si fuese su hija. Nunca lo olvidaré.

Hoy, hermanos, hablo aquí, delante de vosotros, para explicaros la historia de mi vida y demostraros que no solamente somos una empresa que crece y gana, no. Además somos una familia. Una familia junta, que crece y siempre gana. Algunos intentarán destruir con sus prejuicios nuestros logros, pero hay que decirles que sólo hacemos caso a nuestra familia y que sólo nos importa la opinión de nuestra familia.

Sé que os he tenido un poco abandonados por causas ajenas a mi voluntad. Muchos de vosotros ya sabéis que la noche que encerraron a Manuela en prisión yo tuve ese brutal accidente de tráfico que me ha tenido tanto tiempo ingresada en coma. Muchos ya sabéis la historia que tuve que afrontar por ese hombre que se hacía pasar por mi familiar y al que yo no conocía. Pero, hermanos, hoy es un gran día porque estoy de nuevo aquí delante de vosotros y estoy aquí para deciros que Manuela me ha dicho que os diga que hasta que se aclaren los hechos que  la han llevado a estar separada de nosotros, yo llevaré a cabo sus funciones. Hermanos, bienvenidos a multinivel. Bienvenidos a La Organización.



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viernes, 22 de febrero de 2013

Las cartas de amor que no escribiste



Las cartas de amor que no escribiste 
Te empañan de vez en cuando la mirada
Cuando la orquesta de lo que perdiste 
Entona con tono triste tu balada.

Ya nadie te saca a bailar como quisiste 
Haber bailado aquella madrugada. 
Los pasos de baile que no diste 
Alfombran el recuerdo de la nada. 

Las luces de la noche que no tuviste
Se apagaron dejando un oscuro y triste
Regusto en la historia. 

Las cartas de amor que no escribiste
A base, una y otra vez, de repetirse 
Viven empapando tu memoria.

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miércoles, 20 de febrero de 2013

Una cita.



Se podría decir que aquella fue su primera cita. Ella sacó un café de la máquina y se sentó frente a él en el comedor. Se conocía su cara de memoria. De hecho, llevaban siendo compañeros de oficina desde hace algo más de un año. Hacía un par de semanas, ella había metido el nombre de él en google para llegar a un perfil de Facebook que sólo permitía ver tres fotos de portada - maldita privacidad-, a una cuenta de twitter muerta en el olvido y a una cuenta privada de Instagram que le había llegado a plantearse qué podría querer ocultar. Sin embargo, sentada frente a él con aquel vasito de cartón en medio de sus manos, se dio cuenta que, por mucho que se hubiera aprendido de memoria las pocas fotos de sus perfiles que internet le había permitido, no le conocía tan a la perfección: en su cara, apreciaba pequeñas diferencias que hasta aquel momento habían pasado desapercibidas.

Verdaderamente no era un hombre fuerte;  si pisaba el gimnasio, lo hacía muy de tanto en tanto o muy mal, pensó ella permitiéndose cierta ironía. Pero no obstante, tenía un algo que llamaba la atención allá donde fuese. Los brazos delgados, el pelo peinado hacia un lado, esa excesiva obsesión, porque podía permitírselo (por qué no decirlo), de utilizar colores muy chillones en su ropa y esa eterna barba de tres días que parecía siempre perfectamente arreglada y cortada.

Ella, en la soledad de su habitación contemplando sus fotos, siempre había pensado que era su cara, sólo su cara, lo que le distinguía del resto. Esos ojos claros, directos, que en otros siempre le habían parecido distantes y fríos, pero que en él le parecían siempre cálidos. Cálidos como cuando les juntaba el ascensor y acababan mirándose los zapatos, cálidos como cuando, después de cruzarse  cuatro y cinco veces en la oficina el mismo día, a la sexta todavía le miraba esbozando una sonrisa con ellos. Esos ojos, sí, eran esos ojos, pensaba ella mirando las fotos. Esos ojos y aquellos labios que parecían siempre perfectamente humedecidos. Sí, por los ojos y por los labios. Y por su pelo. Por ese pelo que se movía en esa correcta proporción peinado/ despeinado. Y por esa sonrisa sincera a la par que discreta que esbozaba con tanta naturalidad que dolía. Sí que dolía, pensó ella.

Sentada frente a él, comprobó que las fotos que había visto y memorizado, una y otra vez, habían adquirido un tono más de idealización que de realidad porque, ahora que lo miraba tranquilamente, se daba cuenta que quizás no tenía tan buenos labios, ni tan perfecto peinado, ni tan cálidos ojos, pero aún así le seguía pareciendo atractivo.

El café estaba algo más frío y ella se atrevió a pegarle un sorbo dejando marcado medio beso de ese rojo intenso que sólo les queda bien a esas mujeres que son tan guapas que pueden ponerse cualquier cosa.  El dulce líquido inició un recorrido desde su boca al fondo de su paladar y de allí hasta su estómago, calentando tibiamente a su paso todo aquello que encontró. Ella notó ese calor en el estómago, pero mirándolo a él como continuaba haciendo, pensó que aquel calor era más propio de su ferviente estado que del café.

Él, desde el otro extremo de la mesa, se mostraba ajeno a toda aquella escena y, sólo cuando levantó la vista del tupper, se dio cuenta que ella le estaba mirando fija y descaradamente. Él esbozó una sonrisa. La conocía. Se conocían. Eran compañeros de oficina y no en vano ella era una de las chicas más guapas de la misma. ¿Quién no iba a fijarse en ese pelo, en ese pecho, en esos llamativos labios, en esos ojos que coqueteaban con descaro con él, ahora en el ascensor, ahora en el pasillo?

Haría ya más de unos dos meses que él seguía los pasos de ella por todos los perfiles de Facebook, twitter e Instagram, que tenía abiertos de par en par como su siempre generoso escote. Pero a pesar de las fotos vistas, fue en aquel momento cuando pensó que era mucho más guapa así, de cerca, que en la proximidad de los cruces de pasillo o que en la pseudocercanía que le había permitido internet.

Él apartó el tupper hacia un lado y ella giró el vaso de café de forma que la marca de los grandes labios quedasen frente a él y, estirando el brazo, se lo alargó. Se podría decir que aquella fue su primera cita. Sin decir nada él cogió el vaso y bebió. Se podría decir que aquel fue su primer beso.
 
  
 

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