viernes, 13 de septiembre de 2013

El amor.



No, no, no huele, no se toca,
No se ve, ni se palpa, ni se respira,
No se saborea con la boca
Ni se acaricia con las pupilas.

Y sin embargo se huele, se toca,
Se ve, se palpa, se respira,
Se saborea con la boca,
Se acaricia con las pupilas.

Así es el amor, tan contrario;
Capaz de hacer extraordinario
A quien no destacó entre la gente.

Así es el amor; todo lo iguala
Y al que escoge lo señala
Para que no pase indiferente.

Para Juanjo.
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jueves, 12 de septiembre de 2013

A mi madre nunca le gustaron los gatos.



A mi madre nunca le gustaron los gatos, o por lo menos eso era lo que siempre me decían mi padre y mi tía Catalina a pesar de que el único recuerdo que yo tenía de mi madre era el de ella arrodillada en el suelo acariciando a un gato persa que tenía mi tía. «Lo abrás soñado», decía siempre mi tía Cata cuando yo evocaba mi recuerdo como respuesta a la animadversión que, según ellos, sentía mi madre por estos felinos.

A mí tampoco me gustan mucho los gatos y digo mucho por no decir directamente nada. Cuando veo a uno y la distancia es tan corta que es imposible pasar sin hacerle la menor de las carantoñas, extendiendo la mano hasta tocarlo con las puntas de los dedos en una mezcla, al cincuenta por ciento, de miedo y repelús. Si soy verdaderamente sincero, lo hago única y exclusivamente por alejar de mí el fantasma ese que mi padre y mi tía inculcaron en mí a base de repetirlo de que a mí, como a mi madre, nunca nos han gustado los gatos.

Se fue mi madre de casa cuando yo tenía apenas cuatro años. Según mi tía Cata, que es la que hablaba más del tema, se fue una mañana en la que mi padre se había ido ya a trabajar y no pudo ni despedirse de ella. <<Se fue con tanta prisa que no pudo ni despedirse>>, remarcaba mi tía Cata haciendo especial hincapié en alargar la “i” de prisa, como si aquello dejase entrever algún interés oculto que ella conocía muy bien pero que no se atrevía a decir. Era lo único que no se atrevía a decir porque el resto, la historia completa de cómo mi madre cogió la puerta y abandonó a mi padre, mi tía Cata la repetía una y otra vez a unos y a otros sin el menor problema.

Sin hacer mucho esfuerzo puedo decir que recuerdo la historia de mi madre contada de boca de mi tía Cata siendo yo muy pequeño. A la memoria me viene la imagen de no levantar yo apenas un metro del suelo, cogido de su mano, y estar mirando hacia arriba: a la izquierda de la imagen mi tía Cata hablando y hablando sobre mi madre y a la derecha cualquiera que estuviese dispuesto a escuchar. Sin hacer mucho esfuerzo, recuerdo la escena de mil y una forma diferente: yo mirando hacia arriba, yo mirando hacia abajo, yo jugando de pie con la tierra del suelo, yo tirando del brazo de mi tía Cata… Y ella, siempre a mi izquierda, hablando y hablando sobre mi madre y, a la derecha, ahora un vecino, ahora otro, ahora un familiar, luego un tendero… Cualquiera que estuviese dispuesto a escuchar.

No se cortaba mi tía Cata en hablar sobre mamá; todo lo que ella decía, mi padre lo callaba. No puedo saber como era antes mi padre, pero mi tía Cata, que lo hablaba todo, decía que cuando mi madre se marchó se llevó a mi padre con ella y esto, oído a la edad de cuatro años, me hacía preguntarme cómo podía ser que mi madre se hubiese llevado a mi padre si yo lo veía ahí y me preguntaba también si podría ser que también se me hubiese llevado a mí sin yo saberlo.

Verdaderamente nunca me hubiese gustado ir con mi madre, aunque tardé años en entender que todo lo que decía mi tía Cata sobre ella era más llevada por la rabia que por la verdad, había algo en mí que me decía que poco tenía yo que ver con aquella mujer que siempre salía a relucir cuando hacía yo algo mal o, no podía ser de otra manera, cuando algún gato se cruzaba en mi camino.

Había otro momento estelar en el que mi madre salía a relucir y ese momento era cuando comíamos pescado. Por extraño que pudiese parecer, comer pescado en mi casa era lo único que hacía enmudecer a mi tía Cata durante un considerable periodo de tiempo. Hecho este, el de que mi tía enmudeciese, tan destacable que hasta las vecinas cotilleaban los jueves en voz baja: <<ya verás que pronto se calla>>, cuando la veían salir de la pescadería.

Eran los jueves los días que comíamos pescado y enmudecíamos. Si durante el resto de la semana las comidas familiares se basaban en la eterna oratoria de mi tía Cata sobre sus dimes y diretes del día mientras mi padre asentía y yo jugaban en el plato con la comida, los jueves la comida familiar se convertía en un cucharetear silencioso – de primero siempre comíamos sopa – para luego proceder a comernos, en un silencio sepulcral, el pescado que mi tía Cata había comprado previamente en la pescadería. Pero, como ya había dicho dos párrafos más arriba, comer pescado en casa era otro momento en el que mi madre salía a relucir pues con el postre, ya alejadas las espinas de nuestras bocas, mi tía Cata empezaba otra vez la historia de como ella se enteró de que mi madre estaba liada con el pescadero del pueblo y de como se fue con tanta prisa de casa que no pudo ni despedirse, para acabar, como no, recriminándome que a mí, como a mi madre, no me gustaba el pescado y que, donde quiera que ella estuviese ahora, sólo le deseaba un futuro lleno de raspas y de espinas.

En pocas palabras podría decir que esta fue mi infancia y gran parte de mi niñez y que no fue hasta la adolescencia hasta cuando, quizás cansada de repetir la misma argumentación, mi tía Cata fue añadiendo más detalles a ya de por sí alargada sombra omnipresente de mi madre.

Cinco minutos antes de que mi padre falleciera, estando él en lecho de muerte y mi tía Cata hablando por los codos, mi padre me confesó que en verdad yo era adoptado. Me alegré, no voy a negarlo. Me alegró pensar que no compartía ningún lazo de consanguinidad con aquella mujer que tanto hablaba.

Hoy en día cada jueves sigo comiendo pescado y cuando lo hago siempre me pregunto si a mi madre le gustarán los gatos. Mi tía Cata sigue diciendo que no le gustaron jamás.



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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Robarme el sueño.


Otra vez he vuelto a dormir mal esta noche. Otra vez este maldito cansancio por la mañana y este sueño arrebatador que me hace apagar el despertador una y otra vez como si no tuviese que ir a trabajar. Cinco minutos más. Cinco minutos más, me digo. Y luego tengo que echar a correr entre tejanos que no me suben mientras doy saltos por el pasillo y me quemo los labios con el café.

La culpa es tuya, toda tuya. La culpa es tuya porque me cuesta dormirme y en lugar de contar ovejitas me pongo a contarte a ti y te imagino a ti saltando esa valla imaginaria. Ese pequeño espacio color azul cielo que imagino se empieza a llenar de ti; un tú, otro tú, otro tú… Y cuantos más tú cuento, más tú hay y más me despierto porque tú y tus copias de ti empiezan a invadir el espacio de mi sueño y en lugar de dormir me excito y en lugar de soñar me despierto.

Es gracioso, por eso, imaginarte corriendo por ese espacio azul cielo. Siempre apareces por un lado, siempre saltas correctamente la vaya, siempre empiezas a amontonarte en la otra parte. ¿Podría denunciarte por ocupación? ¿Podría denunciarte por robarme de sueño?

¿Denunciarte? ¿Para qué? Sé que esta noche volverá a costarme dormir y volveré a imaginarme ese pequeño espacio color azul cielo donde irás saltando la valla que hay en medio, y tú y tus copias volverán a robarme de nuevo el sueño. Y, cuando todo tú llenes mi sueño y me despierte y vuelva a contarte para intentar dormirme de nuevo, me preguntaré, casi al borde de caer en el sueño, por qué siempre que te cuento apareces por la izquierda de mi sueño e intentaré razonarlo e imaginármelo a la inversa pero para entonces ya estaré cayendo en el sueño.


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jueves, 5 de septiembre de 2013

Tú eres maricón VI.




La borrachera se me pasó de golpe cuando me dijo que se le había roto el condón y que se había corrido dentro. De pie, como estaba, alargué la mano hacia la pared para sujetarme mientras giraba la cabeza para mirarle la polla. Estaba roto, no había duda. Subí la vista para mirarle a la cara y desconcertado sacudí un par de veces la cabeza. “Disculpa, no recuerdo como te llamabas”, le dije y siendo sincero podría haber añadido que no recordaba ni su cara.
Nos habíamos conocido aquella noche, si es que se le puede decir conocerse a mirarnos un par de veces y enrollarnos en los lavabos. Yo había bebido demasiado, él apestaba a ginebra y la boca le sabía demasiado a tabaco. Le había visto en la barra hablando con un amigo. Yo le había mirado y él me había devuelto la mirada. Me sonrió, le sonreí y le dije a mi amigo que me iba al baño un momento. Hice cola para mear en los baños que tienen puerta y él apareció detrás de mí en el momento preciso.
El pequeño retrete olía a orina y los vasos de cubatas abandonados por el suelo salieron rodando cuando los tirábamos con los pies mientras nos besábamos enérgicamente. Era fuerte, muy fuerte. Me apretaba contra él mientras mis manos recorrían su musculada espalda. Por un segundo sujetó mis manos arriba, contra la pared, y alejó su boca de mi boca. Su mirada estaba cargada de brutalidad y de sexo. Con mayor energía volvió a besarme, llegando a morderme el labio inferior casi hasta el punto de hacerme daño. No me quejé, supe en aquel momento que aquellas eran las reglas del juego.
Fue un sexo salvaje, duro, descontrolado. Su casa era pequeña y su cama era grande. El taxi nos había traído mientras nos metíamos mano. Nada más llegar nos desnudamos. Él tenía un cuerpo muy bien cuidado. Sabía cómo follar. Me beso, le besé, me ató a la cama, lo disfrutamos. El alcohol y la pasión corrían por nuestras venas descontrolados. Quiso acabar de pie y poniendo mi cabeza contra la pared me penetró con fuerza.
La borrachera se me pasó de golpe cuando me dijo que se le había roto el condón y que se había corrido dentro.
-         Disculpa, no recuerdo como te llamabas.-
-         Me llamo Diego, tío. Estate tranquilo, estoy limpio, no tengo nada.
La cabeza no paraba de girarme y como pude me senté en la cama. Me entró el pánico, no tenía ni idea de dónde estaba, de en qué zona de la ciudad me encontraba. Intenté relajarme pero nada servía de nada. Empecé a rayarme con que aquel tío acababa de correrse dentro de mí y me servía de una mierda su palabra, ¿Qué estaba limpio? ¿Eso qué significaba? ¿Y si tenía hepatitis? ¿Y si tenía VIH? Empezó a faltarme el aire, intenté respirar pero no podía, sentía que me ahogaba. Intenté relajarme pero no podía. ¡Joder, joder, joder! Qué iba a hacer ahora. Como pude le pregunté por el baño y fui a refrescarme un poco la cara.
El espejo me devolvió la peor de mis miradas. Estaba asustado, las manos me temblaban. Me metí en la ducha y como pude comencé a frotarme todo el cuerpo con mucho jabón, me parecía poca toda el agua. Sabía que no serviría de nada, pero algo dentro de mí me impulsaba a frotarme para limpiarme, a frotarme para que no quedase nada.
Como pude salí de la ducha y me senté en la taza del váter. Las lágrimas empezaron a rodarme por la cara. ¿Y si me había pegado algo? ¿Y si me contagiaba? Me costaba respirar, me angustiaba. Me imaginaba contagiado de hepatitis, de VIH, de cualquier otra cosa. Él llamó a la puerta y me preguntó si me encontraba bien, le dije que sí, que me dejase un momento y en nada salía.
Me despedí rápido, muy rápido, pero antes de marchar intenté preguntarle si se acostaba con muchos tíos, si le había pasado antes, si se hacía controles con regularidad. A todo contestó diciendo que me tranquilizara, que me relajara, pero mientras me ponía la ropa yo sólo pensaba en salir de allí y echar a correr hacia algún lugar.
El sol me encontró vagando por las calles sin saber a dónde ir. Por la Meridiana pasaban pocos coches a aquellas horas y los taxis que lo hacían estaban ocupados. Llamé a Álex para contarle lo que me había pasado y su voz al otro lado del teléfono me consoló y ayudó a reaccionar. Cualquiera en esta ciudad conoce a alguien que tiene VIH, cualquiera conoce a alguien que se contagió por follar sin goma, por pensar que por una vez no pasaba nada.
Oír la voz de Álex al otro lado del teléfono me ayudó, me tranquilizó y me dijo que podía ir a un hospital a pedir la profilaxis post exposición; un tratamiento que te dan en estos casos en los grandes hospitales para impedir el contagio por VIH.
En la Meridiana cogí un taxi camino de Hospital de Sant Pau y me bajé en la puerta de urgencias. Por el camino recibí un WhatsApp de Diego que decía: “Tranquilo, nene, estoy limpio, no tengo nada”.
Estaba nervioso, muy nervioso. Me acerqué a la ventanilla y a la señora de admisiones le expliqué que me había sucedido. Me indicó donde estaba la sala de espera y allí en una fría silla me senté a esperar. Tardé cerca de dos horas en que me atendieran. Tuve tiempo de pensar, de aburrirme, de rayarme, de arrepentirme, de resbalarme por la silla hasta no poder más. Casi cuando hacía dos horas que estaba esperando, me hicieron pasar.
Le dije a la doctora lo que me había pasado y que iba a por la profilaxis post exposición del VIH. Me preguntó si sabía si el otro chico era seropositivo o no y le dije que no lo sabía, que él me decía que no. Me preguntó si sabía en qué consistía y le dije que no. Me dijo que consistía en un tratamiento de dos medicamentos que tendría que tomar durante cuatro semanas, que los efectos secundarios eran pocos pero que una vez que lo empezara lo tenía que acabar. Me dijo que me haría una analítica y que el lunes me seguirían haciendo controles en la unidad de VIH del mismo hospital.
Una enfermera me hizo la analítica y luego en un vasito blanco me trajo dos pastillas marrones y una pastilla azul. Me las tragué con un poco de agua y respiré. No sabía que aquello no había hecho más que empezar.
Me dieron el tratamiento justo para pasar el fin de semana y me citarón para la consulta de una doctora en la unidad de VIH. Tenía que tomarme tres pastillas por la mañana y tres por la tarde. Llegué a casa destrozado y cansado y me tumbé en la cama a descansar. Cuando me desperté debían ser las tres de la tarde o más.
No tuve apenas efectos secundarios. Me advirtieron que me podía dar al principio algún problema gastrointestinal y así fue, pero verdaderamente no sé si era de los mismos nervios o del tratamiento.
El lunes fui a la unidad de VIH y allí me informaron de que el resultado de mi analítica había resultado negativo. No tenía VIH ni hepatitis ni nada, pero eso no significaba que no me hubiesen podido transmitir el VIH el pasado sábado; el periodo ventana de tres meses decía que, estando a junio como estábamos, hasta marzo no había entrado en contacto con el VIH, pero nadie me aseguraba que no lo hubiese hecho después.
La doctora me explicó de nuevo el tratamiento y me dio la medicación necesaria para las cuatro semanas y además me programaron una analítica para primeros de septiembre.  
No le expliqué a nadie lo que me había pasado. No le conté a nadie que me estaba medicando para aquello. Simplemente me callé y me tomé las pastillas a escondidas de todos esperando que en la analítica de septiembre todo volviese a salir negativo.
Tuve apenas sexo con nadie, no me apetecía, nunca encontraba las ganas.
Conté los días, las pastillas, las semanas. Me puse alarmas en el móvil y en el reloj para acordarme de tomarlas. El último día me tomé la última dosis pensando que había hecho todo lo que había estado en mi mano.
Tardan dos días en dar el resultado de la analítica. He ido esta mañana a hacérmela. Justamente antes de entrar, el chico al que se le rompió en preservativo mientras me follaba me ha enviado un WhatsApp en el que me decía que le habían hecho una analítica en la empresa y le ha salido positivo en VIH. “Te aviso para que lo sepas”. En el WhatsApp anterior que tenía de él, el que recibí en junio, decía: “Tranquilo, nene, estoy limpio, no tengo nada”.
Yo no sabré mi resultado hasta pasado mañana.

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Ese asiento.


A veces me quitan el asiento en el autobús; ese que no es mío pero que al sentarme en él cada día me da la sensación de que me pertenece.

Igual me pasa con la mesa en la cafetería en la que cada día tomo café. Me gusta sentarme en esa mesa, en la que da a la esquina y toca al ventanal, porque desde allí, con la espalda hacia la pared, puedo ver toda la cafetería.

Llevo años sentándome allí, pero a veces cuando llego está ocupada por un par de mujeres o por un señor que lee el periódico, ajenos a que, sin ser de nadie, ese es mi sitio y ellos lo ocupan indiferentes.

Igual me pasa con la plaza de parking en el trabajo, nadie la tiene asignada, pero esa, la tercera empezando por la derecha, es la mía y la utilizo siempre salvo cuando viene algún despistado y aparca en ella sin pensar, sin saber que aunque no sea de nadie esa es mía.

A veces pienso en ti y pienso en si me pasará lo mismo contigo. Pienso en si te confundiré con ese asiento en el autobús, con ese que no es mío pero que al sentarme en él cada día me da la sensación de que me pertenece. Pienso en si me pasará contigo como con la mesa de la cafetería y llegaré un día y habrá otro sentado en ella tomando café. Pienso en si me pasará como con la plaza de parking, que un día llegaré yo a aparcar y resultará que otro ya habrá puesto su coche.

Y pienso, que si eso ocurre, qué parte de culpa será tuya y que parte de culpa será mía; Tuya por dejar que cualquiera se siente o mía por creer mío algo que quizás no me pertenece.

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martes, 3 de septiembre de 2013

Tú eres maricón V.



Mi primera vez fueron apenas diez minutos. Un par de miradas bastaron para entendernos y con un golpe de cabeza me siguió escaleras arriba. Él era mayor que yo; me doblaba la edad y la urgencia. Besaba de forma ansiosa, no sé si temeroso de que nos pillaran o porque hacía demasiado no que besaba a nadie. Su lengua entraba y salía de mi boca con prisa, su barba rascaba mi cara. Sus manos sujetaban mi cabeza y allí, mientras me besaba, abrí los ojos y, como si aquello no fuese conmigo, le vi besándome de forma desesperada.

Mi primera vez siempre se me quedará grabada. Recuerdo que después de besarme se apartó hacia atrás para mirarme mientras que con la mano se secaba la saliva que le había empapado la barba. No estaba mal para su edad. Me quité la camiseta y dejé caer los pantalones al suelo. Le gustó que no llevase ropa interior porque una sonrisa picarona se le dibujó en la cara. Sonreí, me hizo gracia. Allí de pie, en medio de la habitación, le vi desabrocharse la camisa. Un pecho musculado y fuerte, poblado de vello canoso, apareció ante mí. “No estaba mal para su edad”, volví a pensar y le puse cerca de cincuenta años, quedándome corto. Tiró la camisa en un rincón y se acercó a mí. El vello de su cuerpo contrastaba con mi pecho lampiño. Me abrazó y noté como su calor me calaba poco a poco.

Mi primera vez hice lo que me pidió. Puso su mano en mi hombro y obligándome a ponerme de rodillas restregó mi cabeza contra su paquete. Estaba duro, olía a orín. Dejó de apretarme la cabeza para desabrocharse el cinturón y bajarse los pantalones. “El resto hazlo tú”, me dijo y le bajé los calzoncillos dispuesto a hacerle una mamada.

Mi primera vez no lo hice bien, pero él se deshacía en gemidos de placer mientras yo intentaba disfrutar. Arrodillado como estaba comencé a masturbarme pero me costaba. Él disfrutaba y echaba la cabeza hacía atrás. “Para o me harás acabar”.

Mi primera vez me tumbé sobre la cama y me dejé hacer. Su peso me chafaba. En mi oído notaba como su excitación iba en aumento mientras me intentaba penetrar. “No te va a doler”, auguró y fue verdad. Allí tumbado boca abajo pensé si para él también sería la primera vez; lo hacía lo suficientemente mal como para poder pensarlo, lo suficientemente mal para creer que aquella era también su primera vez.                            

Mi primera vez esperé un orgasmo que nunca llegó. Él se corrió a la tercera embestida y jadeante y sudoroso se dejó caer sobre mí olvidándose de que su peso triplicaba el mío. Con ternura me acarició el pelo mientras me besaba en la nuca. Su respiración se fue normalizando y al rato, cuando ya pensaba que no aguantaría su peso mucho más, se salió de mí y se tumbó boca arriba a mi lado. No giré la cabeza para mirarle, simplemente me lo imaginé destrozado con los brazos abiertos y mirando fijamente al techo mientras intentaba que su respiración volviese a ser a normal. 

Mi primera vez no me levanté de la cama al final. Mientras él se vestía, yo me puse de lado en la cama y vi cómo iba recogiendo de la habitación sus ropas tiradas durante la breve batalla. Con la mano se secó el sudor de la cara y con los dedos intentó arreglarse un poco el pelo. Se colocó los calzoncillos, se puso los pantalones y dando, vueltas sobre sí mismo, busco donde había caído la camisa. Antes de marchar se arremetió la camisa y se abrochó el cinturón y mirándose en el espejo de la habitación acabó de peinarse con los dedos.

Mi primera vez me dijeron: “Ha estado muy bien, chaval”. Y antes de marchar se acercó a mí y me besó en los labios dejándome marcado por una rara humedad que no había sentido nunca al besar. Antes de irse hacía la puerta, rebuscó en los bolsillos de su pantalón y me tiró a la cara un billete de veinte. 

Mi primera vez, cuando él se hubo ido, me levanté de la cama, me aseé un poco, me vestí y volví a bajar a la calle. Con el siguiente un par de miradas bastaron para entendernos y con un golpe de cabeza me siguió escaleras arriba.

Mi segunda vez fueron apenas diez minutos.

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lunes, 2 de septiembre de 2013

Cuando se dan.



Hoy he recordado aquello que me decías de que un día ibas a rebuscar las monedas que se quedan perdidas en los bolsillos; aquellas que encuentras meses después olvidadas en abrigos, tejanos o mochilas; aquellas que ni siquiera recordabas.

No suele ser mucho dinero, ni suele pasar a menudo, pero cuando te encuentras una te hace ilusión porque es como encontrar algo que no fuese tuyo. Siendo sincero, sirven de poco. No son grandes fortunas; son, con suerte, sólo céntimos o algún euro que, sin saber cómo, quedó olvidado.

A veces, estas monedas, sirven para no cambiar un billete, para no cambiar uno de esos grandes que, según mi madre, “cuando se dan, ya no vuelven”. Y a veces sólo sirven para engrosar más el monedero a la espera de ese pico que pagaremos en céntimos bajo la inquisidora mirada de la dependienta mientras nosotros sumamos céntimos de uno en uno.

Hoy en el bolsillo del pantalón me he encontrado una moneda y me he acordado de ti. A veces pienso que mi recuerdo para ti no es más que una moneda perdida en un bolsillo; algo que encontrarás un día y que meterás en el monedero de los recuerdos, algo que apilarás junto a otros recuerdos y con el que pagarás el olvido de tu futuro, algo que entregarás para no cambiar uno de esos grandes que “cuando se dan, ya no vuelven”.

Alguien debería decirte alguna vez que algunas monedas, como yo, cuando se dan, tampoco vuelven.

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