jueves, 2 de mayo de 2013

Una oración para Capote



No me asustes, Capote, con tu mutis
Y déjame que culpe al cartero.
El rictus que transmite hoy mi cutis,
No consigue transmitirlo este sonajero.

¿Dónde quedó, Capote, ese útil
Vicio de cartearnos? Siendo sinceros,
¿Dónde quedó ese puedo y quiero?
¿Dónde esa promesa ahora inútil?

¿Quién volvió a tus letras tan morosas?
¿Quién agrió tus palabras golosas?
¿Quién nos dejó naufragar a la deriva?

Levántate, Ramón, como tu tupé
Y demuestra a todos que tu web
Es tan versátil que puede dejar de ser pasiva.

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martes, 30 de abril de 2013

Amador



Hoy he vuelto a recordar el viaje aquel que hicimos en autocar a Segovia, ¿lo recuerdas? Era pleno agosto y la pareja de ancianos que iban a nuestro lado comenzó a contarnos su historia de amor nada más salir de Barcelona y cuando llegamos a Segovia todavía no habían acabado. Nos emocionaron mucho y antes de bajarnos les pedimos el teléfono. Aquel año para navidad les llamamos para felicitarles las fiestas y nos explicaron que habían sido abuelos, ¿lo recuerdas? Habían puesto a su nieto el nombre de Amador.
Hoy mientras desayunaba me acordé de ellos y me dieron ganas de llamarles y preguntarles cómo estaban.
He buscado su número por todo el piso durante dos horas, pero no lo he encontrado. Cansado me he hecho un café y mientras me lo tomaba en el sofá me he preguntado si todavía continuarán su historia de amor, si seguirán tan contentos contándosela a cualquier pareja de desconocidos en un autobús cualquiera camino de Segovia.
El periódico dice que hoy es san Amador. Mi abuelo también se llamaba así.
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domingo, 28 de abril de 2013

Post 2 Post (5B)



Querido Ramón*:


Ya estoy de nuevo en casa. Llegué ayer. Nada más abrir la puerta el olor a hogar me embriagó y me hizo sentirme feliz, casi había olvidado como huele mi hogar. Te podrá parecer extraño, pero nada más entrar dejé la maleta en el suelo y me puse a observarlo todo con detenimiento. Todo parecía haber cambiado; el color de la madera de los muebles, los libros apilados en las estanterías, el rojo del sofá… Todo parecía diferente y más vacío. La luz entraba por entre los listones de la persiana a medio subir, eran las tres de la tarde y el ambiente era excesivamente caluroso para la época en la que estamos. Alguna pequeña partícula de polvo se dejaba ver paseándose por el aire. Ajena a todo se movía en suspensión, ahora iluminada por un haz luz, ahora ligeramente oculta. Mis ojos se acostumbraron a aquella semioscuridad y tuve la sensación por un momento de que nunca había visto mi casa así, que siempre había pasado por ella mirándola de pasada, pero nunca observándola con tanto cuidado.

Hasta a mí llegó el olor a rosas que Fernando me había regalado semanas atrás. Seis rosas blancas, ahora ya marchitas, que intentaban todavía sobrevivir al pasado del tiempo. Algún pétalo no había resistido la gravedad y descansaba alejado del resto sobre la mesa. No pensé que fuese una metáfora de nada sino simplemente pensé que el tiempo que había pasado fuera no había pasado solamente para mí.

Por la ventana del lavadero la luz entraba más tenue a la cocina. Todo estaba limpio y ordenado, ajeno e irreconocible. Sólo una taza sucia descansaba en el fondo del fregadero trayendo a mi memoria el último café que me tomé antes de marchar. No olía a café en casa y por la ventana del lavadero entraba el olor a comida que las vecinas acababan de preparar. Me imaginé la cocina desordenada y los fuegos encendidos mientras nuestra comida se acababa de hacer y nos tomábamos una copa de vino. El olor a comida lo impregnaba todo y reíamos nerviosos tras la tercera copa de vino, decidiendo si le poníamos más caldo o no a la paella. El recuerdo se esfumó con los gritos de una vecina pidiendo que bajaran la radio, mientras la otra, ajena a tales peticiones, dejaba que la melodía se colase sigilosa en las casas de los demás.

Poco a poco volví sobre mis pasos hasta el comedor y de allí al pasillo hasta el lavabo. Me costó reconocerme el espejo, llevaba tiempo mirándome sin verme. Tanto tiempo que al principio pensé que no era yo y hasta que no moví la mano para llevármela a la cara no comprendí que aquel que se movía al otro lado del espejo y se tocaba la barba era yo. Me miré fijamente a los ojos durante un segundo, lo justo para verme a mí mismo y para no comenzar a llorar. Me suele pasar que si estoy triste y me miro a los ojos me descubro a mí mismo con una lágrima rodando suicida mejilla abajo.

La habitación estaba más oscura de lo habitual, la persiana casi bajada dejaba sólo entrever la cama bien hecha y ordenada. En aquella semioscuridad me estiré sobre ella y pegando la nariz a la almohada inhalé con fuerza. Estaba en casa, Ramón. Estaba en casa. Estiré la mano hacia la mesita de noche y alcancé mi libro de cabecera. Algo roto y con alguna hoja suelta, “Poemas de amor” de Antonio Gala se abría entre mis manos. Leí por leer porque podría haber recitado de memoria. “Igual que da castañas el castaño, / mi corazón da penas y dolores. / El árbol tiene un tiempo para flores; / mi corazón da frutos todo el año”.  Dejé el libro sobre la mesita y cerrando los ojos me dormí.

Hoy me desperté y llovía. Hice café, ordené el piso, deshice la maleta. La lluvia golpeaba los cristales y mientras cambiaba las sábanas el libro de Antonio Gala cayó al suelo y se abrió por otro de mis poemas favoritos. “[…] Ven ahora. Está la casa sola, yo estoy solo, / está la luna sola / sobre el convento de las Mercedarias. / Ven ya, quien seas… / Porque miro hacia atrás y siento miedo / al pensar que quizás esté mirando / también hacia delante”.

Lo leí y lo volví a leer. No, Ramón, no, no preocupes. Me he propuesto no mirar hacia atrás ni hacia delante, sólo es que hoy es domingo y llueve y pensé en escribirte mal y tarde.

Tuyo siempre,

J.Tello



* Ramón Capote es el autor de http://pasivasygolosas.blogspot.com.es , blog donde podéis leer la carta que motivo este texto. 


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sábado, 27 de abril de 2013

Como el perro que espera una caricia.




Como el perro que espera una caricia,
Cabizbajo y arrodillado, a los pies del dueño;
Como si no pudiese cesar en el empeño
De esperar de él muestra más propicia.

Como si le fuese la vida en la delicia
De ese breve afecto que le roba el sueño;
Como si no le importarse sentirse tan pequeño,
Incapaz de diferenciar lo justo de la injusticia.

Si miro hacia mí, hacía dentro, así me siento;
Como el perro que espera el momento
En que llegue la caricia de su amo.

Y, mal y tarde, me arrodillo de nuevo 
Y recuerdo, esperando servil en el suelo,
Que era yo el que se movía, no tu mano.

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martes, 23 de abril de 2013

Tanto nos dio que fuese Venecia.



Decidimos ir a Venecia como pudimos haber ido a cualquier otro sitio. Era nuestro primer viaje. Poco nos importó que nos perdiesen una maleta en el aeropuerto. Él, bromeando, me dijo que podíamos compartir mi ropa y en aquella habitación de hotel se probó uno de mis tejanos que le quedaban mejor que a mí. Nunca había soportado aquella moda de pantalones “cagaos” y los 501 que había elegido de entre mi ropa le hacían el mejor culo que había visto nunca.

Despacio me acerqué a él y, con una sonrisa picarona en la boca, le dije que se diese la vuelta. Cuando estaba de espaldas a mí le mordí suavemente  la nuca y un ligero “Mmmmmmm” salió de su boca. No me hizo falta verle para saber que se estaba mordiendo el labio. Mis manos subieron de su cadera a su pecho y de allí al botón del pantalón. Sólo dos dedos me sirvieron para abrir la antesala del placer. Poquito a poco le fui bajando los pantalones y él se giró para buscar con su boca mi boca.

El flequillo le caía sobre la cara en un estudiado gesto de niño travieso. Era la imagen que quería dar, ese aire de chico guapo y educado con ese aire aniñado y juguetón. Introduje mis dedos en su pelo mientras le besaba y el suave aroma de su champú llegó hasta a mí.

Recordé la noche que nos conocimos, la pizzería, el menú y las cinco horas que estuvimos hablando sin parar. Los nervios se deshicieron con la misma facilidad con la que a un niño se le desatan los cordones. Tuve la impresión de que nada importaba y me relajé tanto que me dejé llevar. Aquella vez no me besó.

Su boca seguía manteniendo el ritmo del beso, eso ritmo que tenían sus besos. Me había besado muchas veces más. Tenía la costumbre de sujetarme ligeramente la cabeza por la nuca con la mano derecha mientras que con la izquierda me apretaba fuertemente de la cadera. Su lengua era blandita como miga de pan, con una saliva ligeramente salada como nunca había probado. “¿Quieres que te cuente quién me enseñó a besar?” Pero yo le callaba la boca con un beso, temeroso y sabedor de que la historia se sustentaba a base de besos que dio a otros.

En la segunda cita fui yo quien le invitó a cenar. La noche era cálida y el verano se había adelantado hasta situarnos uno al lado del otro en la terraza de un restaurante de Barcelona que me habían recomendado. Aquella noche seguimos contándonos la vida que nos había quedado por contar. Nos propusimos tomar una copa en el local de al lado y el propietario se empeñó en invitarnos a champán. Brindamos por compromiso y primero nos mojamos los labios en el champán y luego, muriéndonos de risa, juntó su cabeza a la mía y  nos mojamos los labios el uno en el otro.

Poco a poco le subí la camiseta y separando nuestros labios se la saqué. En la boca me quedó un leve regusto a sal. Puse mis manos en su cintura y poco a poco las fui subiendo hacia su pecho mientras él me dejaba hacer. Le arañé levemente el pecho y con picardía se volvió a morder el labio. Me empujó sobre la cama y dando un salto se puso sobre de mí. Miré a través de la ventana y sonreí. Tanto nos dio que fuese Venecia como que hubiese sido París. No llegamos a salir de allí.

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domingo, 21 de abril de 2013

Tú eres maricón III



Le conocí a través de una página de contactos. Comenzamos a hablar y me dijo que trabajaba muy cerca de donde yo vivía. Durante la mañana de un jueves cualquiera estuvimos intercambiando mensajes y un par de fotos y yo me dejé llevar por su belleza y él, quizás, por la mía.

Me dijo que era versátil. Le dije que yo era activo y, ni corto ni perezoso, le di mi número de teléfono diciéndole que estaría bien quedar un día. Aquel jueves por la noche me agregó al WhatsApp y comenzamos a hablar. Le dije que cuando él quisiera quedábamos y él me dijo: “¿Así? ¿De repente?” Y yo, a modo de ocurrencia, le dije que me encantaba el café y que sí quería quedábamos primero para tomar uno. Me dijo de quedar en aquel momento, pero estaba por el centro y para mí era muy tarde pues madrugaba al día siguiente, y aunque le dije que sí en un primer momento, vimos un poco complicado quedar. Aquella noche me preguntó si me podía llamar y estuvimos hablando una media hora por teléfono, su voz sonaba cálida, su tono a veces era titubeante. Me dijo que no era de esos que quedan sólo para sexo, me dijo que busca algo más. Nos contamos un poco la vida en pequeñas pinceladas y quedamos para la noche del viernes a las 22:50 en una plaza cercana a donde yo vivía. Colgamos el teléfono pero la conversación se alargó después por Whatsapp hasta bien entrada la madrugada.

Ni que decir tiene que hablamos un poco de todo y que nos pusimos un poco calientes el uno al otro, me envió fotos de su cuerpo, vestido, y pensé que me quería morir. ¡Dios! Me pidió que le enviara alguna mía y le envié alguna. Coqueteamos por mensaje, insinuamos sin llegar a nada más, pero la calentura iba en aumento igual que la noche en la madrugada. Fue agradable y tuve una sensación un poco extraña. A la mañana siguiente me levanté con esa media sonrisa en la boca del que por la noche tiene una cita que le apetece.

Estuvimos durante el día mandándonos algunos WhatsApps y a las 22:55h, haciendo honor a mi impuntualidad, estaba ya esperando en el lugar donde habíamos quedado. Esperé durante quince largos minutos y, sentado en uno de los bancos de la plaza, pensé que aquella historia acababa allí. En aquel momento me daba igual, estaba tranquilo, la noche era agradable y pensé que volver a casa no era en ningún momento una batalla perdida. Pensé que quizás se había olvidado o que quizás se había arrepentido o que quizás simplemente no quería. Veinte minutos después de la hora acordada, mi WhatsApp diciéndole que ya estaba esperando no tenía todavía el doble check, pero verdaderamente no me importaba darme la vuelta y regresar a casa. Si hubiese sido escritor hubiese visto un magnífico final para mí historia en su no aparición, pero me equivoqué. Sentado en unos de aquellos bancos en mitad de una noche ligeramente fría y otoñal, él apareció.

El doble check apareció en la pantalla de mi móvil y a continuación llego su disculpa por haber salido tarde. Un “¿Dónde estás?” con contestación por mi parte de “aquí”, me hizo levantarme del banco y mirar entre la gente. Justamente igual a lo que había visto en las fotos, él aparecía en la plaza.

Nos dimos un par de besos y comenzamos a hablar. Me tocó el brazo y buscó con su mano mi nuca, era cercano e intentó desmostarlo desde el primer momento. Íbamos a cenar algo barato, no importaba el sitio, así que fuimos dando vueltas por la ciudad hasta encontrar algo que nos apeteciese. Pedimos y continuamos hablando de su vida, de mi vida, de su relación rota en enero.

Me dijo que era profesor de inglés. Tenía el cuerpo musculado y siete u ocho tatuajes, cada uno con una historia que descubriría después. Trabajaba en una academia donde impartía clases. Me dijo que tenía treinta y tantos años y una relación de cinco años rota en enero a sus espaldas, que poco a poco durante la noche iría desgranándome.

Tras la cena fuimos al bar de al lado a tomar un café y en el momento oportuno él cambió su descafeinado por uno con cafeína “para no dormirse”. Acabado el café, le propuse dar un paseo y me dijo de ir a un lugar más “chillout” estaría mejor. Mis compañeros de piso no estaban aquel fin de semana en casa, así que le propuse subir y acabamos sentados en el sofá, tomando una copa de vino. Puso su mano con total tranquilidad en mi pierna, me acercó un poco más, puse mi mano en su cabeza… Sabíamos cómo iba a acabar aquello. Me fue contando uno a uno la historia de sus tatuajes: ahora el del antebrazo, ahora el hombro, ahora al del oblicuo, ahora el del muslo… Sentado de nuevo él en el sofá, la conversación movió a moverse entre esto y aquello y, al final, pasó lo que sabíamos que iba a pasar. Le cogí de la cabeza y le besé y aquello desató la caja de pandora.

Era de esos que chupan, muerden y lamen, que disfrutan con lo que le hacen y en el primer polvo fue capaz de correrse casi sin tocarse, dejándome a mí a medias. No me importó, en aquel momento supe que la noche sería larga, así que me dejé enredar entre sus brazos tranquilamente. Un tiempo después, cuando él se hubo recuperado un poco me dijo “fóllame otra vez”, mientras se ponía boca abajo y se mordía suavemente el labio. Esta vez supimos compenetrarnos mejor. Me lamió, me chupó, me mordió y en cada embestida gimió pidiendo que no parase. No fue una noche cualquiera de sexo sin amor. El colchón fue testigo mudo de nuestros orgasmos mientras yo le agarraba por la cadera y él se movía despacio mirándose en el espejo de la habitación. Cuando nos corrimos los dos caímos exhaustos sobre la cama. 

Pasamos el resto de la noche, hasta que conseguimos dormirnos más allá de las cinco de la madrugada, hablando y acariciándonos mientras estábamos oliéndonos y besándonos.  Hablamos de libros, de viajes, de yoga, de religión... Me enseñó a respirar profundo y en el aquel duermevela de la noche, me confesó con voz entrecortada lo mal que lo había pasado en su anterior relación. “Me gritaba, tiraba cosas y yo me encerraba en el lavabo”. Podría decir que lloró, pero la oscuridad era tal que sólo acerqué mi cabeza a su oído y susurrándole bajito en el oído le dije: “No te va a pasar nada más” y acercándome a él le abracé fuerte mientras él buscaba mis manos para entrelazar las suyas a las mías. Y así, entrelazados de pies y manos, continuamos hablando de mantras, de budismo, de películas y en aquel duermevela de la noche me contó que hacía años que no iba al cine.

A las nueve él tenía que estar en la academia para una clase de inglés, así que cambió su intención de poner el despertador a las ocho por ponerlo a las 7:30, “por si nos apetece otro”, le dije.
A las 7:30 la alarma sonó y tras cinco minutos más donde me pedía abrazarle y no hacer nada, me di por vencido, así que continuamos hasta cerca de las ocho abrazados. Luego se levantó al baño y, tras sacar su neceser de la mochila, se lavó los dientes y se aseó un poco. Volvió a la habitación diciéndome que no quería ir a trabajar y que prefería quedarse conmigo en la cama, mientras me desarropaba y se ponía encima de mí. Me besó con aquella lengua húmeda y carnosa y volvimos hacerlo con la misma fuerza e intensidad que la noche anterior. Cogiéndole del pelo le tiré de la cabeza hacia atrás y le oí gemir. Arqueaba su espalda hacia atrás y, abriéndome la boca, me metía su lengua húmeda buscando la mía. Con creces demostró en la cama su flexibilidad; ahora boca abajo, ahora de lado, ahora arriba.

Cuando acabamos se fue a la ducha y saliendo de ella antes de vestirse, se acercó a mí poquito a poco para besarme repetidas veces.

Le preparé un zumo y un café y, sentados en el comedor, desayunamos hablando como si tal cosa.
Luego se puso la chaqueta, bromeamos un poco y se fue no sin antes besarme un par de veces, marcando el último beso con una suave lengua introduciéndose en mi boca. Abrió la puerta de casa y se fue.
Recuerdo que durante unos minutos me quedé allí de pie en el salón con el  sabor de su boca en la mía y todavía los labios algo hinchados por los pequeños mordiscos que me había dado al besar. En aquel momento no me hubiese importado volver a quedar con él, me había atraído su personalidad, su fuerza sexual, su fragilidad cuando me contó su historia, pero, no sé porque, tuve la sensación de que nunca lo volvería a ver más.

Tiempo después alguien me contaría que su historia era pura ficción, que su relación no tuvo tan mal final, que él no era tan bueno como quería aparentar. Muchos años antes de que su historia de amor acabase, él ya había probado  otras camas, otros cuerpos, otros hombres.

Con el tiempo dejó de contestar a mis WhatsApps. En algún momento creí que su historia era verdad y en algún momento quise quererle un poco más.

Una mañana las persianas de su academia de inglés aparecieron con una pintada que decía “Tú eres maricón”, nadie supo nunca quién lo hizo.

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jueves, 18 de abril de 2013

Post 2 Post (4B)



Querido Ramón:

Me ha sorprendido la seriedad de tu carta, no me tienes acostumbrado a eso. De todos modos, debo decirte que estoy un poco mejor y, de primeras, te pido disculpas porque esta vez mi carta haya tardado tanto en llegar hasta a ti, pero estoy fuera de casa y acabo de leer tus letras gracias a que mi adorable vecina, la Sra. Klint, me las ha reenviado hasta la orilla de esta playa desde la que hoy te escribo.

Quiero explicarte el paisaje, cierra los ojos. Imagínate una playa de arena fina y casi blanquecina, un mar azul turquesa que se mece tranquilo, un cielo azul clarito y una suave brisa que me acaricia el cuerpo como queriendo abrazarme. Imagínatelo, Ramón. Cierra los ojos, así suavito, sin apretarlos, e imagínate que estás aquí a mi lado cogiéndome la mano, sonriendo con esa sonrisa picarona que siempre tienes y sintiendo todo esto que te cuento. El viento nos acaricia y mece ese flequillo liso y ligeramente engominado tuyo, mientras un escalofrío nos recorre la espalda. Sólo sentimos el calor en la mano que nos sujetamos fuertemente el uno al otro. Ay, Ramón...

Tuve que salir de casa. Disculpa que no te avisara, pero tuve que poner tierra por medio a todo lo que estaba pasando y pensé que, qué mejor que una isla para un náufrago como yo. ¿Recuerdas que mi frase de WhatsApp es “he sido náufrago en islas menos pobladas”? Pues eso, aquí estoy, descubriéndome a mí mismo como un Robinson a la deriva, sin internet, sin Facebook, sin WhatsApp. Dejando que los días pasen sin importarme no tener noticas de nadie, sin importarme que tan o cual contacto va desapareciendo pantalla abajo en el móvil porque no me escribe un mensaje.

No me siento solo, ahora ya no. He venido a esta playa buscándome a mí mismo cansado de buscar a un Sr. Wilson con el que hablar para evitar hablar conmigo. Da miedo enfrentarse a la soledad, da miedo enfrentarse al futuro. Da miedo mirar hacia delante y pensar que el futuro es esto y nada más, cuando en verdad el futuro es lo que uno desea para sí mismo. Confundo futuro con urgencia, me decía a mi mismo el otro día y me daba cuenta que vivo con esa inercia de la vida que tanto me gusta y que me caracteriza, pero sabedor también de que a veces hay que hacer un alto en el camino.

Y aquí estoy, haciendo un alto en el camino, comprendiendo, desde esta playa de arena fina y casi blanquecina, que aquí hay ciertas cosas que no tienen importancia y cosas que sí que deben tenerlas. Aquí no hago otra cosa que pensar porque tampoco hay mucho que hacer. La isla es inmensamente grande: tengo kilómetros de playa para mí, para pasear para sentir como la marea va subiendo y bajando y a veces, sólo a veces, me moja los pies. Tengo tiempo para pensar en mí, para descubrirme sonriéndole al pasado o al futuro, para sosegar mis nervios presentes, para respirar, para correr en círculos en esta isla desértica donde si trato de huir de mis problemas siempre me descubro, por mucho que huya, en el mismo punto.

¿Sientes el calor de sol como nos calienta la piel? Aquí seguimos tú y yo de pie, cogidos, sintiendo el calor en la mano y notando como poco a poco el frío deja de sentirse para irnos sintiendo calentados por el sol, por tu sol. El aire huele a salitre, las olas resuenan tan cercanas que nos da la impresión que en una de estas se nos mojaran los pies y tú te reirás escandalosamente mientras te agachas a coger algo de agua con la mano y a lanzármela para hacerme pasar de la sonrisa a la carcajada.

Estás aquí, Ramón, conmigo y lo siento. Siento como desde tu casa vas picando las letras en el teclado de tu ordenador impulsadas por ese corazón enamorado que tienes y que se preocupa por mí y siento como el viento me trae el sonido de tus palabras hasta aquí. No te preocupes, Ramón, estoy y estaré bien.

Una vez oí decir a Bon Jovi que todo hombre era una isla y es verdad, sólo en la soledad de tu isla puedes valorar la compañía de los demás. Cada hombre es una isla sola en medio del pacífico, con islotes o formando archipiélagos. Da igual, una isla al fin y al cabo. Una isla que tiene la esperanza de que algún día, tarde menos o tarde más, la tierra se moverá sabiendo que nunca me sentí a mí mismo tan arraigado.


Un beso fuerte, querido Capote.

Tuyo siempre


J.Tello





* Ramón Capote es el autor de http://pasivasygolosas.blogspot.com.es/2013/04/post-2-post-4a.html , blog donde podéis leer la segunda carta que motivó este texto.
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